1.-El reino de las mujeres
Supongamos que el movimiento feminista triunfa.
El ala dura. La corriente fundamentalista.
Sería entonces posible que nadie use el apellido del padre y que las únicas con derecho a heredar sean las hijas. Los hombres no podrían tener propiedades a su nombre y, si necesitaran dinero, deberían ser amables y pedírselo a la mujer que manda en la casa: la matriarca. La jefa de la familia. La autoridad indiscutida frente a la cual, hasta el más pintado, termina por agachar la cabeza. Por otro lado, siendo ellas las que mandan, no habría ninguna que pudiera quejarse por haber crecido con menos derechos, oprimida por el hombre y bajo una cultura machista. Jamás se dirigiría a un varón para reclamarle nada. Ese podría ser un inconveniente, no tener a quién quejarse. Una sociedad sin amos.
En la provincia de Yunnan, al sudeste de China y cerca de la frontera con el Tibet, una comunidad de veinticinco mil habitantes vive bajo el sistema matriarcal. Los Mosuo. El apellido que se usa es el apellido de la madre, la herencia es por vía de la mujer. Ellas son las únicas que pueden ser propietarias y además, son las que eligen el sitio dónde vivir. Un verdadero matriarcado. Para saber qué es lo que ocurre cuando son ellas las que mandan, cómo es la familia, la comunidad, el amor, el sexo, la economía, la paternidad y tantas otras cosas, decidí pasar una temporada en una aldea Mosuo. En la casa de una de ellas observé como era el trato con mis congéneres ya desde la mañana temprano. También escuché, cuando la conversación se volvía íntima, lo que pensaban sobre sí mismas y sobre la realidad que les había tocado en suerte. Y por supuesto, un matriarcado no es un patriarcado al revés. No coincide con nuestras fantasías, menos aún con la del ala dura del movimiento feminista. A medida que me iba sorprendiendo por lo que veía y por escuchar sus comentarios, se desmoronaban algunas de mis principales creencias, las que en muchos casos organizan el sentido en occidente, lo que para nosotros constituyen las verdades de la vida.

2.-Ser una diosa
Hubo un tiempo en que Dios venía por la tierra. Lo hacía bastante seguido. Hablaba con la gente, los ayudaba y los castigaba. Tenía con los humanos un trato directo, personalizado. No hacía falta pensar demasiado, ni hacer interpretaciones. Dios venía y hablaba. Decía qué era lo que quería. Pero en algún momento algo pasó y Dios dejó de venir. Hace por lo menos mil quinientos años que dejó de venir. Nos quedan los testimonios de la época y la opinión de los hombres sobre lo que dijo o lo que quiso decir.
Me imagino contemporáneo de los que protagonizaron los grandes relatos bíblicos. Conocerlos de primera mano hubiera sido otra cosa. Ir a la carpintería de José para encargarle un trabajo y preguntarle por el embarazo de María. Comentar las últimas noticias del Imperio con alguno de los apóstoles, estar entre los muchos que se escapaban de Egipto y se ponían impacientes porque Moisés tardaba en bajar con las tablas de la ley. Escuchar de boca de los allegados de Abraham lo aliviado que estaba cuando regresó de la montaña con su hijo vivo de la mano y un cuchillo sin usar en la otra. Ir a la escuela en Sarnath, ver todas las mañanas a Buda e iniciar el día meditando junto a él, bajo el mismo árbol. Ayudar a cargar provisiones en la caravana que partía desde La Meca con rumbo a Medina y muchos años después, buscando cobijo en la ciudad, sentir que por Alá había valido la pena.
Haber estado ahí, en el lugar, en el momento de los hechos.
Pensé que la Kumari, la diosa de Katmandú, era una oportunidad. Es la única diosa viva del planeta, la adoran millones de fieles, tiene una historia que la sustenta, milagros que se le adjudican y una cantidad de sacerdotes que la validan. Además, es una mujer.
¿Para qué seguir interpretando lo que Dios quiso decir si puedo ir y hablar directamente con ella? Hacer lo mismo que hicieron hace miles de años los que se acercaron a El cuando todavía venía a la tierra.
Pero en el siglo veintiuno existe la ciencia, las distancias se miden de otra manera, las relaciones entre los individuos son diferentes, hay otra idea de la subjetividad y se piensa y se siente distinto. Hoy nadie duda que el que escucha que Dios le habla necesita tratamiento. Pero antes, en la época bíblica, eran profetas. ¿Acaso los que tanto incidieron en nuestra forma de pensar, incluso siendo no creyentes, deliraban? Y eso en el mejor de los casos. También podían haber sido gente sin escrúpulos capaces de decir cualquier cosa para ganar poder. Un problema. Hablar con la Diosa me colocó, veinte siglos más tarde, en un lugar dónde poderme formular esa pregunta. Además era una mujer.
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