No existe nada definitivo. Menos la verdad.
Es conocido por todos las cartas que Freud le escribió a Fliess, a Martha (su mujer –se estiman en casi un millar-); el supuesto affaire con su cuñada; el análisis que llevó a cabo con su propia hija Anna para que no se divulgara la homosexualidad de ésta última o miles de intimidades que el propio Sigmund expuso al mundo él mismo.
Escribió sus equivocaciones. Admitió errores. Hoy los conocemos casi todos todos.
Ubicó en el horizonte el impasse que el propio método psicoanalítico, por él inventado, tiene como característica.
Jamás escribió que el Psicoanálisis cura, sino que apenas sirve para escucharse a sí mismo, lo cual, dicho sea de paso, no es poco.
Lacan propuso un retorno al sentido de Freud, perdido o directamente dejado de lado por falta de lectura, improvisación en la práctica y por el espejismo yoico de los que decían ser psicoanalistas, autorizados por ellos mismos. La mayoría por haber estado próximo a Freud, aunque sea en presencia del maestro vienés, cuando concurrían a algún Congreso Internacional de Psicoanálisis.
Un poco como ahora ocurre: controlar un caso con un pope extranjero no garantiza a nuestros psicoanalistas nativos ser como ellos. La identificación vía contagio, suele ser sospechosa.
El libro negro del psicoanálisis está.
Y está bien que se encuentre presente.
Dudar de la ética de Freud, de sus ambiciones, de las ambiciones de sus seguidores, si se hacen las cosas por dinero o por altruísmo, es el derrotero de un tiempo del que somos testigos.
En un reportaje, la ensayista argentina Beatriz Sarlo, expresó que “todos miramos Gran Hermano porque esa, a diferencia del latín, es nuestra lengua común”.
Ver la paja en el ojo ajeno es la garantía de no ver una viga en el propio. Sabiduría popular que le dicen.
Y la curiosidad malsana no permite un crecimiento personal. Demasiada ocupación en lo que los otros hacen terminan por neutralizar un quehacer singular.
Comparar el argumento freudiano de la sexualidad con un Ford T es tan poco serio que resulta inútil una defensa (página 599 de El libro negro...). Como tantas expresiones que se encuentran escritas en el ensayo en cuestión.
Indagar para crear con eso un avance es propio del crecimiento de cualquier ciencia. Indagar para crear dudas con lo investigado es propio de fracciones que piensan su práctica dejada de lado por la existencia de Otro. Echar culpas sin ver responsabilidades.
Podemos escribir un libro negro de cada ciencia o avance significativo en la humanidad: el de la Medicina; el de la Psiquiatría; el de la Física; el de la Arquitectura; el de la Historia; el de la Biología; etc.; etc; etc. Pero lo Negro es siempre la Política que con su vieja consigna de señalarse como el arte de lo posible, intenta confundir mentes sensibles y frágiles al murmullo, lisa y llanamente.
El libro negro del psicoanálisis no es negro porque quiere despejar La verdad de una práctica, sino porque propone un mundo sin el Psicoanálisis: vivir, pensar y estar mejor sin Freud.
Léanlo, es indispensable para conocer que uno no cede bajo su deseo, pero además, que nos encontramos ubicados en una época donde las miserias del otro permiten ser consuelo de la superficialidad de la sugestión. Esa, que se ocupa de los incautos y que los conduce a lo peor.
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