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La violencia de cada dìa; los ajustes
económicos continuos; las provocaciones
en la calle; los asaltos; los asesinatos
cada vez màs crueles, en un antojadizo
por què sì; todo hace pensar en la actualidad
de un texto freudiano miles de veces
revisitado. Me refiero a “El malestar
en la cultura”.
En cada párrafo de esa obra que trasciende
los lìmites propios del psicoanálisis,
Freud nos recuerda que nunca nos sentimos
cómodos en la civilización del presente.
Este presente, el que vivimos, el presente
continuo, nos ubica en la precariedad
de todo lo que podemos mirar, ver por
la vida misma, primero, y por la mass-media
después.
No parece haber cambio alguno. El crack
financiero, económico, emocional, se
desata: el reino del goce parece desalojar
el deseo, aquello que puede situarnos.
Siempre recuerdo en estos momentos crìticos,
el texto de Heidegger, “La serenidad”
(incluso en números anteriores de la
revista hay un artìculo que escribì
en referencia a èl) y siempre recuerdo
la “manera de solucionar” que el filòsofo
señala en relación a la subjetividad
y la violencia. La reflexión es entonces,
la primer salida posible, luego hacer
lazo y finalmente sostenerlo en una
propuesta que se transforme en un proyecto.
El proyecto no incluye el cambio, sino
una palabra a tiempo. Una palabra que
nos detenga y que nos permita ver el
pasado, no como una opresión o un detalle
de la inercia subjetiva, sino como lo
que es, una huella que hace marca, para
seguir. Para caminar. Para avanzar,
asimismo, lejos de las utopías.
Lo invito a Ud. Lector para que siga
caminando conmigo esta propuesta de
este sitio que lleva Diez Años.
Un excelente motivo para festejar!
Gracias por acompañarnos!
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Cosas
de finura en psicoanálisis por Jacques-Alain
Miller
Clase VII del 14 de enero de 2009. Traducción
realizada por Silvia Baudini. |
1Publicada en el sitio de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis (AMP)
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Continúo. Tengo
mérito en continuar porque tengo la sensación
de avanzar en una zona que aún no tengo
perfectamente balizada. Pero es eso lo
que me atrae. Y el hecho de que deba dar
cuenta ante ustedes no me disuade de entregar
una reflexión que no está concluida.
Me decía que un análisis que comienza
y un análisis que dura no es para nada
algo parecido
Un análisis que comienza, un análisis
que dura, y también un análisis que
termina – digamos simplemente que se
detiene, no entremos rápidamente en
la cuestión de saber si se detiene bien
o mal y a partir de qué criterios se
juzgará lo que es correcto e incorrecto
en la materia -, son tres análisis,
tres modalidades del análisis, que no
se presentan en absoluto de la misma
manera, que exigen en todo caso del
analista que no tenga ni la misma posición
ni el misma modo de hacer.
Admitamos que la estructura sigue siendo
la misma – por hipótesis. El empleo
mismo de la palabra estructura lo implica,
y la evidencia empírica va en el mismo
sentido: las dos mismas personas, el
mismo lugar, la misma cita. No es como
en la educación, donde se manifiesta
el progreso de ustedes cambiando de
lugar. ¡No estamos aquí en el jardín
de infantes! Aunque…(risas) Pero en
fin, ¡no trato de adormecerlos con canciones
de cuna ! Aunque…(risas) !En cualquier
caso no hay pañales ! (risas)En la educación
funciona como referencia una tópica,
el jardín de infantes, el colegio primario,
el colegio secundario, la universidad
cambian de lugar. No en el análisis.
No se les dice: ahora vamos a dejar
mi consultorio rojo y a pasar al cuarto
piso donde lo recibiré en mi consultorio
azul. Todo permanece igual. Pero en
fin el ejemplo que tomo indica que podemos
marcar los progresos del saber cambiando
de lugar y de profesor.
Por otra parte puede ocurrir, sí, que
se cambie de analista, por ejemplo para
terminar su análisis: Vengo a verlo
para terminar mi análisis. Eso incluso
puede ser por tradición, en una organización
jerárquica de la comunidad analítica,
que haya analistas especialmente habilitados
para comenzar análisis, pero no para
terminarlos. Y en la ocasión analistas
que se plantean la cuestión de saber
si están a la altura de hacer terminar
su análisis a su paciente.
Borro todo esto. Admitamos, como hipótesis,
que la estructura es la misma. Esta
permanencia no impide que lo que ocurre
no se presenta en absoluto de la misma
manera según que se esté en el comienzo
o que se esté instalado en la duración.
Digo lo que ocurre. ¿Cómo nombrarlo?
¿el o los fenómenos ? Para que haya
fenómenos, sería necesario que haya
nóumeno, y no estructura. Ahora bien,
la estructura-nóumeno, por hipótesis,
no es nóumeno en el sentido en que Kant
por ejemplo emplea este término. No
lo desarrollo. Como digo estructura
prefiero decir acontecimiento más bien
que fenómeno.
Un análisis que comienza está pleno
de acontecimientos. Eso muda. Es lo
que llamamos la transferencia: es una
palabra gloriosa para calificar esta
mudanza. Se transporta, a otro lo que
se tiene en la cabeza, lo que uno se
decía a sí mismo. Es un hecho de transmisión,
de comunicación. Se comparte. Se comparte
lo que se piensa tener como lo más íntimo.
Evidentemente, hay una parte de lo que
se ha dicho a tal o cual, pero regularmente
existe lo que no se ha dicho jamás a
nadie. Y por lo tanto es un franqueamiento,
en todos los casos es un franqueamiento
– no es anodino.
No he empleado sino con reticencia
la expresión lo-que-uno-no-se-dice-más-que-a-sí-mismo.
A sí mismo, uno no se lo decía sino
a medias, uno se lo decía, esto se percibe
retroactivamente, de manera vaga. Este
vago es lo que se adorna con el nombre
de conciencia. Lo que uno se dice concientemente
no aparece a menudo sino bajo una forma
esbozada, en su conjunto permanece amorfo,
en el sentido propio: no está puesto
en forma.
Hacia fines del siglo XIX, a comienzos
del XX, se tuvo un fuerte sentimiento
de ello en los novelistas que comenzaron
a tratar de escribir el flujo de conciencia
– the stream of consciousness.. Se dice
que es un francés llamado Dujardin el
que inventó esto. Joyce se distinguió
en la escritura del flujo de conciencia,
Se considera que el Ulises nos da eso.
Virginia Wolf se dedicó a su vez en
su novela, amable – su esquizofrenia
no estaba aún tan avanzada para que
sea más interesante -, en su novela
que se llama Mrs. Dalloway.
Yo clasificaría todo esto en los efectos
de la invención freudiana sobre la literatura,
por qué no una puesta en forma literaria
del amorfo mental.
Un análisis comienza con el modo de
la formalización. Lo amorfo se encuentra
dotado de una morfología. No es simplemente
que lo implícito pasa a lo explícito,
sino que una transformación tiene lugar,
radical puesto que se pasa de la ausencia
de forma a una forma. Lo amorfo se dibuja,
en cada sesión toma ángulos, se presenta
bajo una luz diferente. Lo que está
más próximo de aquello de lo que se
trata es la configuración de nudos,
que tienen la misma estructura, pero
según la manera en que ustedes tiren
de las cuerdas que se representan, obtienen
formas diferentes. Es muy realista,
es verdaderamente eso lo que tiene lugar.
La masa mental de lo amorfo, en el curso
de las primeras sesiones, se reparte
en elementos de discurso. El solo hecho
que ustedes inviten a quien tienen enfrente
a hablar, hace que su amorfo mental
adopte la estructura de lenguaje. Cuando
eso no se produce, es muy inquietante.
Llegado el caso, se produce por el contrario
bajo una forma apresurada, vacilante,
como si esta masa no esperara sino esta
ocasión de dividirse, de repartirse
y de comunicarse.
El dibujo que surge entonces está condicionado,
al menos por una parte, por la dirección,
por el destinatario.
Tomé hace un momento el ejemplo de
los escritores que buscaban en la época
de Freud, transcribir su flujo de conciencia.
Lo formalizaban en el tono, en el estilo
de lo que pensaban era – y con justa
razón para esos ejemplos – literatura:
una preocupación por la cadencia, la
armonía, la emoción. A su gusto..
Otro ejemplo. El verdadero católico,
decía Lacan, es inanalizable. ¿Por qué?
Porque su amorfo mental está plegado
a la práctica de la confesión, y por
lo tanto formalizado espontáneamente
según las categorías de su destinatario.
Podemos señalar que esas categorías
conciernen esencialmente al goce, y
el goce como culpable: lo que se trata
de confesar es el goce en tanto que
no es aquel que haría falta. Se ha relajado,
evidentemente, bajo la influencia de
Freud pero es la orientación de esta
práctica. Apunta a ceñir el pecado.
Felizmente no existe el pecado, se evalúa
según una escala, existen los pecados,
los más graves y luego aquellos que
no cuentan verdaderamente, los veniales.
Esto permite todas las astucias: confesar
el venial, para diferir el capital.
Esto abre a todo un juego destinado
a obtener, al final, la absolución.
Lacan pensaba –imagino – que aquellos
que están verdaderamente tomados por
esta práctica, que los ases de la confesión
son en el fondo impermeables al análisis
porque se han vuelto demasiado astutos
con su decir sobre el goce.
No me molesta que Michel Foucault haya
considerado que el psicoanálisis precedía
de la confesión. Históricamente, es
una tontería, pero lógicamente, ¿por
qué no? Digamos entonces que la dirección,
en el psicoanálisis, se distingue precisamente
de la confesión porque el psicoanálisis
es no prescriptivo.
La regla no es medir la culpabilidad,
sino por el contrario invitar al otro
a decir todo lo que le pasa por la cabeza,
a entregar el Einfall, como decía Freud,
lo que cae, lo que cae en la cabeza,
el caso mental, el acontecimiento de
pensamiento – es por otra parte una
cuestión el saber cómo el acontecimiento
de pensamiento se relaciona con el acontecimiento
de cuerpo. Lo que ustedes obtienen del
paciente ustedes lo obtienen bajo la
forma de: Decir el acontecimiento de
pensamiento, y la regla analítica comporta
una garantía que ustedes proveen y que
es: No serás juzgado.
No hay juicio. No hay juicio final,
no hay juicio primero, no hay juicio
en absoluto. Es más o menos verdadero
(mímica dubitativa de JAM y risas en
la sala). Pero es lo que comporta la
lógica del asunto.
Están los que les imponen las leyes
de la ciudad. Se puede desconocerlo,
contar esto: alguien que recibe un paciente
que a la tercera sesión le confiesa
que asesinó a una o dos personas – digo
una o dos porque de una no estaba muy
seguro (risas) -, el analista tomo eso
con filosofía; ningún juicio. ¿Por qué
no por otra parte? No sé lo que yo hubiera
hecho si no hubiera sentido que el muchacho
estaba cerca de recomenzar. Por lo tanto
evidentemente es difícil escapar, en
ese caso por los intermediarios habituales,
al señalamiento, como se dice.
Es más o menos verdadero también porque
les creen más o menos y continúa planeando
sobre un análisis la nube negra del
juicio que llegado el caso difiere,
retarda lo que el sujeto siente como
la confesión de sus faltas. Evocaba
precedentemente los tres años que fueron
necesarios a tal para llegar la punto
de abandonar su discurso caótico y largar
que era homosexual –hacérmelo comprender
- luego de lo cual sus nubes se aclararon
inmediatamente y nos ocupamos de lo
serio.
Hay todo un campo para explorar: lo
que esta fantasía de juicio sustrae
al análisis, a la palabra analizante,
cómo lo entorpece, y qué técnica está
a la altura de obtener que el No serás
juzgado sea tomada en serio.
Pero en fin, dejo de lado, al menos
por el momento, esta problemática. Y
recuerdo que, lógicamente, hay una suspensión
absoluta del juicio moral. No es lo
más difícil.
Lo más difícil es la suspensión absoluta
del juicio pragmático, que el analista
se abstenga de decir: no es así como
hay que hacer para obtener este efecto,
hágalo de otro modo. A veces lo hace,
reconozcámoslo. Pero en fin cuando lo
hace, es una infracción a la lógica
que expongo.
Dicho de otro modo, la regla analítica,
lo que llamamos la regla analítica,
es una operación que consiste en una
ablación del superyó, lo que llamamos
comúnmente el superyo, en una ablación
del superyó común, - se supone que el
analista debe dar el ejemplo de ello,
queda a cargo del analizante el imitarlo
-, y en la implantación de otro superyó,
propio a la experiencia analítica, que
está hecho de la obligación, de la imposición
de decir la verdad, toda la verdad,
sin maquillaje. Mandato que se sostiene,
que tiene todo su valor, cuando comienza
el análisis, y que se revela paradójico
e imposible de satisfacer en el análisis
que dura.
La entrada en análisis tiene efectos
naturales, inmediatos – efectos lógicos.
Regularmente – no siempre, a menudo
– son efectos de alivio, efectos terapéuticos.
Un análisis tiene efectos terapéuticos
rápidos -. Un análisis que comeinza
tiene efectos terapéuticos rápidos.
Un análisis que dura tiene efectos no
terapéuticos lentos (risas), e incluso
puede tener efectos de deterioro. Corrijo
rápidamente el optimismo excesivo de
hablar de efectos terapéuticos rápidos
del análisis que comienza, puesto que
es bien conocido que la formalización,
en particular la del síntoma, puede
traducirse por un agravamiento. Es decir
el sujeto se da cuenta que está más
enfermo, más afectado de lo que pensaba,
es el efecto Knock (risas), el efecto
Knock del psicoanálisis. Se está más
enfermo cuando se va a ver a su médico,
es la lección que fue puesta de relieve
por Molière en su Enfermo imaginario.
Pero, más profundamente se trata de
un efecto de alivio por objetivación:
por la transmutación de lo amorfo, ustedes
se vuelven un objeto, ustedes se vuelven
una referencia, aquello de lo que se
habla. El milagro de la operación es
que ustedes obtienen esta vez el efecto
brechtiano, el efecto brechtiano de
distancia. Lo intimo pasa a lo exterior
– y pasa siempre al exterior acompañado
del sentimiento que Yo ya lo sabía pero
no lo sabía, el acento puede ser más
fuerte de un lado o del otro.
La transmutación de lo amorfo lleva
en sí la idea de inconciente. Si queremos
cuestionar el término de inconciente
– como lo hizo Lacan, hasta tomar distancia
con este término, y en un sentido desde
siempre, al comienzo simplemente porque
la noción de conciente es incluso demasiado
vaga, vago sobre vago, para dar consistencia
a su negación, pero también porque estructurar
lo inconciente en términos de lenguaje
vuelve ineficiente la referencia a lo
conciente -, y bien si queremos ir en
ese sentido, diremos que esta noción
de inconciente se sostiene en el efecto
de extimidad que engendra la formalización
de lo amorfo. Estaba en mí y esto me
era sin embargo desconocido, sin embargo
me era no sabido. En ese sentido, lo
que llamamos inconciente, es lo éxtimo.
Un análisis que comienza se hace, se
desarrolla bajo el singo de la revelación.
Entonces, no comienza necesariamente
en el momento en que se emprende un
proceso de encuentros regulares. Sino
a partir del momento en que, seriamente,
comienza, es decir en que el sujeto
hace el esfuerzo de hacer pasar el acontecimiento
de pensamiento a la palabra, el análisis
se desarrolla, regularmente, podemos
decir como un fuego artificial de revelaciones.
Lo amorfo cede el lugar a la articulación
de elementos individualizados que de
este modo se revelan trazables – para
emplear un término de nuestros días.
Podemos señalar que esto viene de antes
– en general de la infancia, pero, en
fin, de antes – y que esto vuelve..
Ya, se percibe que, en un análisis
que dura la revelación se hace mas escasa,
se detiene, incluso desaparece. Es un
régimen completamente diferente. La
revelación es reemplazada, en el lugar
amo por la repetición. Y no es la repetición
de los elementos trazables que produce
revelación, es una repetición que confluye
en el estancamiento. Por supuesto que
un análisis que dura pide atravesar
el estancamiento, soportarlo, es decir
explorar los límites: la jaula del sinthoma.
Es si lo queremos lo que yo llamaba
hace tiempo la experiencia de lo real
bajo el aspecto de la inercia. Y esperamos
que ceda. En el análisis que dura, por
supuesto, hay revelaciones, pero lo
que se espera más verdaderamente, tanto
el analizante como el analista, es algo
que es del orden de la cesión de libido,
la retirada de la libido, de un cierto
número de los elementos trazables que
han sido extraídos en la época de la
revelación. La cuestión que ocupa, no
es tanto la de un tiempo para comprender,
es la de un tiempo para desinvestir,
para que – tomo esto de Lacan – el interés
libidinal venga a condensarse en lo
que el llamaba el objeto pequeño a.
Incluso si el modelo de este objeto
es el objeto pregenital, es el objeto
winicotiano, aquí se trata de la hipótesis
que el goce se retira para venir, en
un punto, a condensarse: para que este
punto pueda absorberlo, se hace de él
un objeto. Condensador. En el análisis
que dura, ponemos el ojo en el retiro
de la libido, es con eso que se juzga.
Uno no se satisface más de las revelaciones
que no conducen allí, como tales. Se
espera este efecto.
Esto constituye una diferencia en la
vida de un analista.
Un analista que comienza, tiene la
experiencia del análisis en tanto que
comienza – el suyo supuestamente está
puesto a parte – y el análisis en tanto
que comienza, es el pan blanco del psicoanalista,
es el placer del analista, es el placer
del analizante, los americanos llaman
a esto la luna de miel (risas) – lo
han señalado. ¡Ah! !Sería un sueño no
hacer más que comenzar análisis ! (risas)
!sería sensacional, un triunfo ! Se
podría decir por ejemplo: comenzamos,
hacemos dieciséis sesiones y luego (JAM
hace un signo con la mano, risas de
la sala) adiós, buen viaje. ¡De este
modo no tendríamos más que lo bueno!
habría que hacer eso (risas), no sé
porqué no he aun pensado en ello (risas)
Luchar con el análisis en tanto que
dura, es otra cosa. Me decía en mis
reflexiones: Yo me sostengo pero la
cuestión es saber cómo.
Reflexiono sobre esto. Con Lacan como
compañero. Lo interroga sobre esto.
Como Dante toma la mano de Virgilio,
como Lacan mismo toma la mano de Joyce
para guiarlo en el síntoma, es esa mano
la que encuentro para guiarme en esta
selva oscura, el análisis que dura.
Si, sin duda con el peso de los reproches
que puede acarrear. Usted no hace nada
para sacarme de allí. Y lo que esta
mano me da, es esta proposición, que
he subrayado, tantas veces comentada,
y que me aparece allí como una indicación.
La verdad tiene estructura de ficción.
Fue rápido a extraer de ella todas
las consecuencias.
La verdad, es la sustancia de la experiencia
analítica – yo decía – su pan. Es lo
que engendra: verdad. Eso no se sostiene
sino por que hay muchas revelaciones,
iluminaciones, instantes de ver, por
ejemplo lo que los ingleses llaman insight.
Eso produce eso. Simplemente, las verdades
psicoanalíticas no son eternas. A diferencia
de las que Descartes soñaba, que soñaba,
por las mejores razones del mundo, a
partir de las matemáticas: allí, en
efecto, al nivel del matema, podemos
tener la certeza de que hay verdades
eternas. Pero las verdades que son engendradas
por la experiencia analítica, saben
que son mortales. Están a nivel del
patema, de lo que se siente – pathema
es la misma raíz que patologico, patético,
etc -, son verdades patéticas. Es a
ese nivel que son variables, lo que
había hecho crear a Lacan el neologismo
de varité – verdad variable. Llegado
el caso, es para eso que se quiere cambiar
de analista: cuando se está fatigado
de la verdad que se ha obtenido se dirigen
a algún otro diciéndose que se va a
cambiar de verdad.
Entonces,¿qué quiere decir ficción
? Que es una fabricación, que no es
del orden de la naturaleza, de la phisis
de los griegos, que es ya del orden
de la poiesis, que es del orden de la
producción, del hacer. Una ficción es
una producción marcada en el rincón
del semblante. No está desvalorizada
sin embargo, ¿no es cierto? Como yo
lo decía hace un momento, se tira de
los nudos, se modifica su configuración,
por lo tanto se puede multiplicar la
manera en que aparecen, su semblante.
La ficción, en análisis, es un hacer
que descansa en un decir.
Pero lo ficticio se opone a lo real,
y puesto que me ocurrió tomar hace tiempo
como slogan la orientación hacía lo
real, eso trae aparejado el extraer
todas las consecuencias de la estructura
de ficción de la verdad.
Lacan se sumergió en la pelea oponiéndose
a una orientación hacia lo imaginario,
a una orientación de la práctica del
psicoanálisis hacia lo imaginario, para
sustituirle una orientación hacia lo
simbólico. La orientación hacia lo simbólico,
consiste en reconocer al inconciente
una estructura de lenguaje, consiste
en plantear que el inconciente tiene
estructura de lenguaje – estructura
de lenguaje es decir que el significante
es distinto del significado, que el
significante tiene supremacía sobre
el significado, que las combinaciones
y las sustituciones del significantes
determinan el significado, que lo simbólico,
el significante, tiene supremacía sobre
el significado, lo imaginario. Todo
bascula – lo he señalado, es verdaderamente
un corte – todo bascula con lo que Lacan
pudo emitir en la última lección del
Seminario XX Aun que he escuchado pronunciado
por él de viva voz, que la estructura
de lenguaje, al final de cuentas, no
es más que una elucubración de saber
sobre la lengua. Es decir que la estructura
de lenguaje no es más que ficción, que
la estructura de lenguaje tiene estructura
de ficción, que el lenguaje tiene estructura
de ficción – elucubración quiere decir
eso si se lo radicaliza - , y que por
lo tanto el orden simbólico es del orden
de la ficción. Para toda una parte,
no despreciable, de sus lectores que
se volvieron sus alumnos, lo que allí
anunció no pasó, no llegan de ningún
modo a decidirse a que el orden simbólico
sea del orden de la ficción, piensan
que es del orden de lo real. Entonces,
es del orden de la ficción, no es la
invención del Uno, es una ficción colectivizada,
sedimentada, construida por los años.
Pero la idea de que permanezca del orden
de la ficción es necesaria para poder
decir por ejemplo, que no hay relación
sexual y que el orden simbólico es como
una venda, una elucubración de saber,
que viene a tratar de cerrar esta herida.
Pero no estamos acaso nosotros en la
vía de proferir algo más agudo, más
arriesgado que es que: El inconciente,
en análisis, tiene estructura de ficción,
que: el inconciente freudiano tiene
estructura de ficción. La muy última
enseñanza de Lacan me parece ilegible
si quitamos esa orientación. Ficción.
¿De qué real? digamos para ir a lo más
simple: del goce, que él, no tiene estructura
de ficción.
Entonces, la palabra inconciente, de
la que estamos cargados, hace creer
que la oposición central sobre la cual
debemos reglarnos es la de lo conciente
y de lo inconciente.
Pero lo conciente es una noción muy
equívoca, no sabemos que es.
Es de todos modos muy comprometido,
este asunto. Quisiéramos definirlo por
un saber inmediato y cierto, por una
transparencia, pero ¿qué es lo que sabemos?
Lo que creemos saber. El sujeto conciente
no es más que un sujeto supuesto saber,
saber lo que piensa, saber lo que quiere,
saber lo que ama, aquello de lo que
goza, aquello de lo que sufre. La experiencia
del análisis nos muestra que el sujeto
es algo falso: es un sujeto que no sabe
verdaderamente, que se contradice, que
cambia de opinión, que cambia de saber.
De hecho, lo que llamamos el inconsciente
es un hecho de lógica, es lo que se
deduce de lo que se dice.
En todos los casos, no es en absoluto
con esa oposición que operamos en el
análisis, al menos en el análisis que
dura. En el análisis que comienza, como
hay revelaciones, la revelación trae
aparejado de todos modo que antes no
se lo sabía o que no se lo sabía así,
por lo tanto, en el análisis que comienza,
en razón de la revelación podemos admitir
que la oposición de lo conciente – entre
comillas – y de lo inconciente esté
en el primer plano. Pero no es para
nada el caso en el análisis que dura.
En el análisis que dura, la oposición
central es más bien la del inconciente
como saber y del goce.
La enseñanza de Lacan está marcada
por sus comienzos y sus comienzos están
marcados por los comienzos de la obra
de Freud y los comienzos de la obra
de Freud están marcados por el análisis
que comienza. Es esta la raíz del entusiasmo
que marca « Función y campo de la palabra
y del lenguaje », y Lacan, releyendo
el texto de 1953 en 1968, ya se distancia
de este entusiasmo, del entusiasmo propio
al análisis que comienza, justificado
solo a ese título – pero que permaneció
como algo que tiene pregnancia. Lacan
pudo decir después: La destitución subjetiva
en el ticket de entrada del análisis
no aleja a nadie. Sin duda. Porque está
escrito con letras muy pequeñas. (risas)
Lo que está escrito con letra grande
es: ¡Venga, venga! ¡la verdad lo espera!
!Y no solo una, sino varias ! aquí se
produce la verdad. ¡Ticket de entrada!
Banderola, sí, hay que ver esto como
los circos cuando llaman al público,
¿no es cierto? es el gran cofre.
Entonces, terminó por saberse que, cuando
el análisis dura, el eje del análisis
se desplaza: el eje se desplaza a la
oposición del saber y del goce, que
Lacan explicitó como tal en sus esquemas
de los cuatro discursos – para tratar
de salvar el circo, si puedo decirlo.
Trató de poner esto todo junto cuando
la dinámica misma de lo que se trata
comenzó a dejar en dificultad a la noción
de objeto pequeño a, es decir encerrar
el goce, bien en su lugar. Es así que
sitúo en el inconciente bajo el nombre
de discurso del amo: una articulación
significante (JAM escribe S1 S2), un
efecto de verdad (JAM escribe $), y
una producción de goce (JAM escribe
pequeño a). Es así como trató de capturar
la cosa. Esto estaba en su Seminario
XVII, preparado por el Seminario XVI.
Y luego, en el Seminario XX, fue necesario
que haga aparecer en más un espacio
amorfo, donde puso una J mayúscula,
para desmentir justamente que se pueda
encerrarlo así. En el Seminario XVI,
lo inventó como el objeto plus de gozar.
Allí (JAM muestra el pequeño a) en el
Seminario XVII, insertó este objeto
en la estructura de lenguaje. Y luego,
allí (JAM muestra J mayúscula), esto
explotó. Y luego comienza la estructura
del nudo, que no tiene nada que hacer
con la estructura de lenguaje.
En cambio – y es allí que vemos la orientación
-, si no se juega a dominar el goce
bajo las especies del objeto pequeño
a (JAM muestra pequeño a), si se lo
libera (JAM muestra J mayúscula), si
tratamos de articularlo bajo las especies
inéditas del sinthoma – s.i.n.t.h.o.m.a
-, entonces si ponemos el goce en el
lugar de mando, si le damos la primacía,
incluso sobre el significante – no solo
la primacía al significante sobre el
significado sino la primacía al goce
sobre el significante -, entonces, en
efecto, obtenemos – lo que no está explicito
en Lacan, lo que fui conducido a formalizar
-, obtenemos una escisión del sentido
del inconciente entre inconciente real
e inconciente trasferencial.
Es una orientación que he deducido
del último escrito de Lacan en la recopilación
de los Otros escritos, su prefacio al
Seminario XI sobre el esp de un laps,
donde esto figuraba, así, al pasar:
El inconciente, si es lo que yo digo,
entre paréntesis, real – o más o menos
eso. El inconciente real. Pero no dejemos
de lado lo que figura un poco mas arriba
en el texto, otro paréntesis de Lacan,
donde escribe: psicoanálisis, signo
igual, podemos considerar o bien señalar
que hay una continuación o una equivalencia,
repetida por la palabra sea (JAM escribe
primero en el interior del paréntesis:
psicoanálisis= sea)- no, no esta escrito
así (JAM borra y vuelve a empezar),
escribe psic (psych), por lo tanto podemos
preguntarnos lo que está indicado al
final de la palabra, dos trazos, una
equivalencia, sea ficción d apóstrofe.
¿Cómo leer eso ? Primera lectura, es
que lo psíquico para Lacan es una ficción;
y que lo que es real es lo lógico. Pero
todo indica – y en particular la indicación
que se refiere a un inconciente real
-, todo indica que la segunda lectura
para hacer es : Un psicoanálisis tiene
estructura de ficción.
Si lo real es el goce, el inconciente
es una defensa contra el goce, como
me permití decir en mi última conferencia
ante ustedes.
Cómo desconocer la estructura de ficción
de un psicoanálisis, en tanto que de
entrada Lacan había podido decir que
el analista era, en su acto, amo de
la verdad, y que subrayaba en su “Función
y campo” que, por la puntuación que
aportaba, y especialmente por el corte
final de la sesión, que no descansa
sino sobre su decisión, él hacía variar
la verdad. Todo indica que, en el hilo
de la verdad tiene estructura de ficción,
el acto analítico comporta un no retroceder
ante la estructura de ficción de un
psicoanálisis.
Es en esto que el goce es la ultima
ratio, si puedo decirlo. Y la pregunta
que prevalece cuando un analisis comienza,:
¿qué es lo que eso quiere decir? Constatamos
que esta cuestión palidece, tiende a
borrarse, cuando el análisis dura. Entonces,
¿qué es lo que lo reemplaza? Si hay
una cuestión que la reemplaza, si el
analista no espera simplemente que eso
pase, lo que lo reemplaza, si quiere
plantearse la pregunta, es: ¿Qué es
lo que eso satisface? ¿ en qué eso satisface
?
En un análisis que dura, el estatuto
conceptual del goce se modifica.
Hay un estatuto del goce que es el
del exceso, el goce- exceso (JAM escribe:
1/goce-exceso). Es a este nivel que
se aprende clásicamente a distinguir
el placer y el goce. El placer traduce
un estado de homeostasis, que yo indicaría
con una flecha que se cierra en círculo;
y este estado de homeostasis se rompe
por un elemento (JAM escribe a) que
sobrepasa los límites del bien estar
y que realiza la confluencia del goce
y del sufrimiento, de lo sublime y de
lo horrible. Es lo que Lacan puso de
relieve en su Seminario XI y que extrae
en su Seminario XVII bajo el nombre
de plus de gozar.
Pero hay un segundo estatuto del goce,
que comienza con el Seminario XX y que
está presente en todo lo que es la última
y la muy última enseñanza de Lacan,
es el goce-satisfacción, lo que no es
de ningún modo el primero (JAM escribe:
2/ goce-satisfacción).El goce-satisfacción,
es el restablecimiento, si puedo decirlo,
de una homeostasis superior (JAM incluye
el primer círculo en otra flecha que
se cierra en círculo, luego escribe
sigma); es que hay un funcionamiento
allí que incluye el exceso, que lo vuelve
rutina, y es eso lo que Lacan llama
el sinthoma. De este modo, es lo que
del concepto de sinthoma invalida, si
bien no el objeto pequeño a, al manos
la orientación que da nacimiento al
objeto pequeño a.
Un psicoanálisis tiene estructura de
ficción: ¿qué otra cosa dice el término
que he debido hacer surgir hace mucho
tiempo del inconciente trasferencial?
Es un inconciente construido en análisis.
No retrocedemos en hablar de la construcción
del fantasma, vayamos hasta el fondo
(JAM hace un gesto de avance con la
mano), la construcción del inconciente,
donde el analista en efecto tiene mucho
que ver; dirige la construcción y es
porque está allí que el inconciente
toma sentido y que se lo interpreta.
Es lo que está en el fondo escondido
en el término de asociación libre. La
asociación libre, es una invitación
a prestar atención a lo que se dice,
es una invitación a prestar atención
a lo que les aparece, y nunca hay tanta
asociación libre como cuando hay una
detención obligada, que opera la interpretación
precisamente, que puede en efecto bastar
con eso: subrayar, detenerse en una
palabra. Una vez que ustedes han prestado
atención allí, entonces puede comenzar
lo que se llama en inglés to connect
dots,, conectar los puntos (JAM escirbe
cuatro puntos), como en los juegos de
las revistas. En ese momento, sí, se
hacen nacer formas, según donde uno
se detiene. (JAM dibuja una línea pasando
por los cuatro puntos).Y en efecto,
a partir de lo simbólico, se hace florecer
lo imaginario.
En cambio, el inconciente real, es el
inconciente que no se deja interpretar,
y es por lo cual, en ese último texto
– o pre-último puesto que está todavía
el de « Todo el mundo está loco » -,
el inconciente está definido como el
lugar donde la interpretación no tiene
ya ningún alcance. El inconciente real,
es el lugar del goce opaco al sentido,
y que podemos, por ficción, emprender
la tarea de hacerlo charlatán. Es por
ello que Lacan pudo, en este mismo texto,
evocar la hystorisación del análisis
para calificar el pase. Pero, por supuesto,
el análisis mismo, en primer lugar,
es una hystoria – con una y. Y por lo
tanto, un psicoanálisis tiene estructura
de ficción, eso puede decirse: es una
hystoria, es decir un relato, incluso
una novela, con su continuidad, y ordenada
al deseo del otro.
De allí se vuelve a plantear la pregunta
del pase: ¿cómo se ubica un análisis?
¿con que articulación entre ficción
y goce ? ¿ y que es lo que este goce
le debe o no le debe al deseo del otro
?
Señalemos que Lacan dice al pasar,
Analista de la Escuela en devenir, que
es supuesto saber mucho de eso, porque
ha liquidado la transferencia, como
se dice. Por qué retomar esta vieja
expresión de los supuestos ortodoxos,
sino para designar, entre líneas el
inconciente transferencial.
Y por lo tanto lo que surge al final
como una indicación de lo que puede
ser un análisis que termina, es cómo
puede asociarse el testimonio de hystoria
y el testimonio de satisfacción del
final del análisis.
En el fondo, el inconciente trasferencial
lleva un nombre, un nombre lacaniano,
que es la verdad mentirosa.
Es por allí que se nos indica la vía
de lo que abre la puerta del final del
análisis y de lo que puede fracturar
aquello que llama la falta de relación
sexual, es decir fracturar lo que yo
llamaba la reserva mental.
Hasta la semana proxima (Aplausos)
(Esquema que recapitula lo que JAM
escribió en el pizarrón)
Traducción: Silvia Baudini
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IN
THE MIRROR WITH LACAN.
60 YEARS SINCE THE PRESENTATION OF THE
MIRROR STAGE
Jesús Manuel Ramírez Escobar**
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Palabras
clave: Estadio del espejo, yo, imagen
corporal, sujeto. |
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Resumo
Este trabalho apresenta uma análise do
texto: "Estadio do espelho"
de Jacques Lacan (1966), abordando os
fatos históricos em torno da apresentação
do texto original em 1949 e que os teóricos
podem ser resgatados a partir da filosofia
de Levinas nos ensinos de Kojève da filosofia
hegeliana, por sua vez, através de uma
turnê idéias textuais são observados para
ser executado em psicologia naquele momento
através de contribuições da psicologia
cognitiva de Wallon e Bühler. Com o objetivo
de demonstrar que a alteridade é constitutiva
da formação do sujeito. Para concluir,
no vital importância deste texto na clínica
atual.
Palavras-chave: Estadio do espelho, eu,
imagem corporal, sujeito.
Abstract
This paper presents an analysis of the
text: "The mirror stage" of
Jacques Lacan (1966), addressing the
historical facts surrounding the filing
of the original text in 1949 and that
the theoretical can be rescued either
from the philosophy of Levinas in the
teachings of Kojève of Hegelian philosophy,
in turn, through a textual tour ideas
are observed to be performed in psychology
at that time through contributions from
the cognitive psychology of Wallon and
Bühler. Aiming to demonstrate that otherness
is constitutive of the formation of
the subject, to conclude in the vital
importance of this text in the current
clinical.
Keywords: Stage of the mirror, I, body
image, subject.
Resumen
En este trabajo se presenta un análisis
del texto: “El estadio del espejo” de
Jacques Lacan de 1966, abordando los
hechos históricos que rodearon la presentación
original de este texto en 1949 y los
fundamentos teóricos que se pueden rescatar
ya sea desde la filosofía de Levinas
como en las enseñanzas de filosofía
hegeliana de Kojève en Paris; a su vez,
mediante un recorrido textual se observarán
las ideas que se prestaban en la psicología
en aquel tiempo a través de aportaciones
de la psicología cognitiva de Wallon
y Bühler. Con la finalidad de demostrar
que la alteridad es parte constitutiva
de la formación del Sujeto.
Palabras Clave: Estadio del espejo,
Yo, imagen corporal, sujeto.
Résumé
Ce document présente une analyse du
texte: “stade du miroir" de Jacques
Lacan (1966), portant sur les faits
historiques entourant le dépôt du texte
original en 1949 et que la théorie peut
être sauvé ni de la philosophie de Levinas,
dans l'enseignement de Kojève de la
philosophie hégélienne, à son tour,
par le biais d'un tour textual idées
sont observés à effectuer en psychologie
à l'époque par le biais de contributions
de la psychologie cognitive et de Wallon
Bühler. Visant à démontrer que l'altérité
est constitutif de la formation du sujet,
pour conclure à l'importance vitale
de ce texte dans la clinique actuelle.
Mots-clés: Stade du miroir, je, image
du corps, sujet.
EN EL ESPEJO CON LACAN
A 60 AÑOS DE LA PRESENTACIÓN DEL ESTADIO
DEL ESPEJO
En el transcurrir del año de 1936, para
ser precisos con lo expuesto por Roudinesco
(1995, p.167): el 31 de julio; un joven
psiquiatra francés hasta ese momento
desconocido y apenas ingresado en el
organismo rector del psicoanálisis en
1934 a través de la Sociedad Psicoanalítica
de Paris, arriba al curul de los exponentes
del primer congreso internacional de
la IPA organizado en Marienbad, con
la finalidad de dar a conocer una nueva
propuesta con referencia a la formación
del yo(je) dentro de la teoría psicoanalítica,
es aquí, en el marco contextual de las
disputas entre Kleinianos y Annafreudianos
que pugnaban por la supremacía de sus
propias teorías, escuchaban y criticaban
mordazmente a todo el que se pusiera
enfrente.
Este joven llamado Jacques Lacan buscaría
la venia de los altos mandatarios del
psicoanálisis y así constituirse como
uno de los principales teóricos de la
Escuela Francesa. Sin embrago, es interrumpido
por el director de este organismo internacional,
Ernst Jones, quién dará por finalizada
la presentación y será regañado por
Kriss con un simple “eso no se hace”,
hecho que en fecha y hora (3 de agosto
a las 15:40) Lacan nunca olvidará como
podemos ver más adelante en sus Ecrits.
Esta ponencia sería posteriomente presentada
y acogida con agrado el 17 de julio
de 1949 en el marco del XVI Congreso
Internacional de Psicoanálisis en Zurich,
intitulada como “El estadio del espejo
como formador de la función del yo (je)
tal como se nos revela en la experiencia
psicoanalítica”.
Este tan exhaustivo título ocultaría
la matriz del pensamiento lacaniano,
la relación metafórica de un espejo
revelaría más tarde aquel Otro del que
nunca dejaría de hablar a lo largo de
su vida, la constitución del conocimiento
propio partía entonces no del sí mismo,
sino de Otro, que no tan sólo es fundante
sino inclusive alienante, las bases
del estudio de la paranoia que Lacan
había hecho en su tesis doctoral con
Aimée y posteriormente con el caso de
las hermanas Papin en 1932 y 1933 respectivamente,
rendían frutos teóricos, aquella usurpación
de la personalidad que motivaba al autocastigo
ahora se alejaría del terreno de lo
patológico y clasificable para establecerse
en la normalidad del desarrollo de todo
ser humano.
El hecho de que Lacan propusiera este
planteamiento no sólo orillaba al rechazo
sino también se modificaba aún más la
noción de la locura propiamente dicha.
Esta ponencia de 1949 es clara al hablar
de una separación total de la razón
cartesiana (cogito), con lo que se daría
a entender de manera clara un alejamiento
de la constitución cognitiva del individuo
en estado infans para dar paso a la
idea de desarrollo libidinal del que
Freud hablaría a lo largo de su teoría
sexual, de esta manera abría una brecha
entre los postulados de Henri Wallon
y los propios, de tal forma que estaríamos
hablando de no sólo un regocijo del
niño ante su propia imagen sino de una
entera Aha Erlebnis, una fascinación
ante su propia constitución a través
de procesos libidinales que marcarán
su desarrollo posterior. El “retorno
a Freud” aún no llegaba como tal pero
daba muestras de su gestación.
El periodo de lo imaginario cobra vida
desde los estudios que realizara Lacan
con Kojève sobre Hegel y su fenomenología
del espíritu que lo motivarían a investigar
sobre la formación de esa estructura
llamada Yo, tomando como referencia,
en palabras de Massota (2001), nociones
hegelianas como la “conciencia de sí”.
Dicha estructura se encontraba ampliamente
trabajada en aquellos momentos por la
Ego psychology pero, a entender de Lacan
desde su primera lectura de Freud, de
forma desviada, ya que separaba tajantemente
al Yo del Ello como estructuras que
se encontraban en pugna, lo que movería
en Lacan la inquietud de re-entender
a esta estructura desde el concepto
de la identificación que no sería dada
más que por la presencia de imagos del
exterior.
Para realizar este planteamiento tomaría
como base la idea de Wallon (1999),
psicólogo cognitivo francés, quien explicará
de manera evolucionista que la transformación
del individuo en sujeto se da en un
marco de relación con el medio, este
proceso se da en los niños cuya edad
oscila entre los 6 y 8 meses de edad
permitiéndole unificar su yo en lo que
Lacan llamaría una Gestalt dejando a
un lado el cúmulo de sensaciones que
se atraviesan en la experiencia infantil
previa donde lo percibido genera la
idea de un cuerpo fragmentado que interfiere
en la constitución del futuro sujeto.
El transitivismo y la alienación, son
dos procesos referidos por Lacan a los
hallazgos de Charlotte Bühler acerca
del transitivismo normal, donde el niño
que pega, dice haber sido pegado y el
que ve caer a alguien más, llora. Es
así como se da una primera relación
entre el mundo interior (Innenwelt)
y el mundo exterior (Umwelt), el paso
de la especulación de la imago llegaría
posteriormente a constituir al orden
de lo simbólico en medida en que el
individuo en estado infans (sin palabras)
conozca el lenguaje y en palabras de
Lacan “lo universalice en su función
de sujeto” (2003, p.87).
Como ya mencioné anteriormente la imagen
determina la vida del individuo, la
realidad psíquica es establecida por
primera vez de forma clara, la ficción
es parte natural de la normalización
libidinal del individuo, nace la fantasía,
la dualidad es creada con lo social
y surge aquí un concepto re-entendido
por Lacan, el moi-idéal que representa
la idea que el individuo tiene de sí
mismo en forma arcaica y que posteriormente
delimitará las identificaciones posteriores.
De esta forma nacería, en contraparte,
el je lacaniano, aquella estructura
que en los esbozos de la teoría de Lacan
sería complementaria de los puestos
imaginarios de la personalidad conocidos
como la segunda tópica freudiana, y
asignándole la función de ser el lugar
donde el sujeto puede reconocerse, aunque
más tarde se le reconocería dentro del
orden de lo simbólico.
La revolución teórica de Lacan lleva
a la máxima “el hombre no se adapta
a la realidad, la adapta a él” (2003,
p.92), la autonomía total del ser humano
se quebranta ante su dependencia a lo
externo, con esto se habla no sólo de
un postulado psicoanalítico sino ontológico,
la pregunta heideggeriana por el sentido
del Ser es vista desde aquí desde un
concepto abstracto, el Otro. Dicha noción
es planteada anteriormente por Emmanuel
Levinas, filósofo de la alteridad, ya
que plantea el camino del “ser-para-la-muerte”
cuyo porvenir no puede ir más allá de
la temporalidad, busca entonces vencer
este problema a través del pasaje auténtico
al tiempo del Otro mediante lo que se
llamaría desde este autor: ética (Levinas,
2001), lo que establece ciertas relaciones
con la teoría de Lacan y su Autre sobretodo
al hablar de un yo, ambos teóricos lo
entienden como un producto de la identificación
por excelencia siendo ésta un origen
del fenómeno mismo de la identidad.
Al tocar el punto de la identificación
con el Otro no se puede dejar a un lado
la noción del doble que marcará un aspecto
fundamental, el proceso de relación
del individuo con la imago no es sólo
de reconocerse simplemente sino que
al encontrar una figura que reproduzca
sus propios movimientos se llega a la
idea de que el yo no es una unidad del
todo sino que existe algo más allá de
la persona que realiza las acciones,
el aparato paranoico se pone de manifiesto
en aras de una verdadera búsqueda del
conocimiento de sí mismo, se funda el
conocimiento paranoico, aquel que toma
en cuenta la manifestación de diversas
realidades psíquicas, por de más heterogéneas,
respondiendo en formas arcaicas con
la denuncia de insatisfacción ante lo
irreal. Es aquí, en esta puesta en escena
de la rivalidad con el otro, donde la
agresividad es constitutiva del sujeto
quien tendrá que distinguir su presencia
por medio de la exclusión, para así
diferenciarse anticipándose en contraste
de la insuficiencia que experimentaba
en un estado anterior.
El yo no puede no ser sino especular,
narcisista y paranoico, lo cual no implica
que el sujeto lo sea. Se trata de la
tensión agresiva natural que instaura
la agresividad como parte estructural
del psiquismo. Lo que es visto en la
tendencia a eliminar al rival especular,
propia de todo vínculo fraternal: competencia,
hostilidad, deseo del deseo del otro
solo para sí mismo en el entronizamiento
narcisista del yo debido al paso del
autoerotismo al narcisismo primario.
Podemos comparar esto con uno de los
cuentos de Edgar Allan Poe: William
Wilson (que dicho sea de paso, Poe era
uno de los escritores favoritos de Lacan,
como puede verse en su seminario del
carta robada):
Este magnífico cuento toca el tema de
un personaje que se siente perseguido
por un ser parecido a él quien realiza
todas las actividades que regularmente
hacia en su vida cotidiana, sus allegados
y con generes le platican de los actos
que supuestamente él llevó a cabo, es
en este momento donde se despierta la
idea de encontrar razón a los hechos
y es aquí como casualmente encuentra
a su doble al que decide matarlo, al
momento de atravesarlo con la espada,
éste ríe y le explica al personaje central
que los dos son uno y que dependen uno
del otro, al oír esto Wilson cae muerto.
De esta manera se puede vislumbrar el
acercamiento, aunque desde un ámbito
literario, a la frase “yo soy Otro”
de la que Lacan es fundador al hablar
del mecanismo paranoico y sus diferencias
con la mezcla de la pulsiones de vida
y muerte provenientes de Freud (1920),
en el sentido de la creación de un yo
arcaico desprendido de la expulsión
de lo insatisfactorio y la internalización
de las experiencias satisfactorias ejemplificadas
en el Fort Da, tomando como referencia
los primeros acercamientos y contrastes
con el mundo social con aspiraciones
a dominarlo al percibir una rivalidad
que relaciona con la insatisfacción
por medio de juicios completamente premorales.
Al tocar estas diferencias se observa
que para Freud la constitución del yo
se da desde dentro siendo que para Lacan
se da de manera inversa, de fuera hacia
adentro.
Al terminar el estadio del espejo, Lacan
postula que la dialéctica social con
ese mundo persecutor mediatiza al saber
humano en el deseo del Otro, los objetos
son constituidos en una equivalencia
abstracta por la rivalidad del otro
limitando al yo (je) a una normalización
con base cultural. Lo que se conoce
es por que anticipadamente a pasado
por el Otro.
En esta alienación del sujeto en el
Otro, el infans se identifica y se experimenta
y comienza entonces la circulación del
deseo: hacerse reconocer, hacerse desear
y desear el deseo del Otro: Imagen,
palabra, alimento y cuidados, no expresan
sino, el rumbo de la pulsión, en sus
distintas modalidades, oral, anal, mirada
y voz, a lo que se agrega el contacto,
que va dando cuenta de la inscripción
de las representaciones en el inconsciente,
que dará paso a la historización en
proceso de la estructuración psíquica
del sujeto sostenido en el deseo del
Otro.
Entendiendo la idea del “espejo” como
una metáfora, la relación de la mirada
de la madre será fundamental para el
niño, Lacan otorga un lugar importante
a ese imaginario engrosado donde acontecen
las especulaciones sostenidas por el
investimento libidinal del Otro que
lo asiste en su mirar. Allí está en
juego el deseo de la madre, es decir,
la castración materna, su estructura
inconsciente, presente en su modo de
amar al hijo.
Se plasma así la matriz simbólica, el
ideal del yo, que en un juego eterno
de alternancia con el yo ideal impregnan
el cambio de identificación donde la
imagen siempre es relevante y en el
futuro constituirá el Superyó del cual
podrían devenir ciertas patologías obsesivas
por citar un ejemplo.
Otro punto tratado por Lacan en este
escrito es la falsa conceptualiación
del yo como un sistema centrado en la
base de la percepción-conciencia y organizado
por el principio de realidad, este manejo
teórico fue utilizado desde la ideología
de la escuela de la Ego Psychology la
cual fue blanco de duras críticas de
Lacan alrededor de sus seminarios por
alejarse de la teoría del Inconsciente
freudiano. Esta escuela fundada por
Anna, la hija del creador del psicoanálisis,
propone un regreso a lo primordial,
que es la cura y la readaptación del
individuo a un medio social por medio
de la intensificación de su Yo. Lacan
reacciona con furia ante tales enseñanzas
y premisas sobre las cuales era tratado,
ya que cabe recordarse que su analista
(Loweinstein) era partidario de esa
escuela, que evitaban el contacto con
el Ello limitándose a la estudio del
inconsciente sólo por medio de los mecanismos
de defensa de los cuales se destaca
la Verneinung que para Lacan es parte
de los procesos latentes del inconsciente
donde se verificará el engaño de la
fantasía construida ahora llamada Yo,
y que Freud la teorizaría como un proceso
de conocimiento y reconocimiento de
los objetos de la realidad a los que
posteriomente se vinculará.
Por último, cabe señalar que la teorización
sobre la formación del yo (je) en el
niño tiene una aplicación cabal con
la práctica analítica ya que en el setting
analítico es de gran ayuda el conocer
las características del sujeto al pasar
por este estadio fundante de su propia
imagen, hecho que para el tratamiento
con psicóticos es de vital importancia,
ya que estos mismos han eliminado el
traspaso de lo imaginario, se han escindido
de la realidad, su yo se ha dividido,
por lo que su actuar es con certeza
lo que los lleva a proceder como si
las representaciones palabra fuera representaciones
cosa, la simbolización es escasa pero
sin embargo está presente en alguna
medida del delirio.
Retomando la idea del empleo de esta
teoría en la técnica analítica, se puede
observar como un modelo de acercamiento
del analista con respecto del analizante
ya que la función del primero será la
de dar una proyección de la figura del
segundo en la medida en que este maneje
su discurso.
Es por esto que la emisión de juicios
por parte del analista es una acción
que limita al yo (je) del analizante
para que de esta manera se encuentren
dos cuerpos y un solo discurso, así,
es como se cometen los errores terapéuticos
en la actualidad, dentro las clínicas
psiquiátricas se realizan diagnósticos
a todas horas, asignando identidades
a los pacientes quienes se apropiarán
de estas.
Dice Lacan al final del texto que al
hablarle a un paciente con la frase
“tú eres eso” se le está revelando su
destino mortal, se le encarcela no sólo
en una clínica, asilado de todo tipo
de contacto con aquello que lo fundó,
sino que se le asigna una identidad
que tendrá que aceptar para readaptarse
a la sociedad.
El tema de la construcción del sujeto
no es algo que se puede explicar simplemente
desde el pensador francés. El combate
con la autonomía del este concepto filosófico
frente al discurso científico se ha
logrado gracias a los aportes de gente
como Foucault, Althusser, Lacan, Barthes,
los Basaglia entre otros, quienes desde
la lucha por la verdad, el combate ante
la ideología, el debate frente a la
obra y el autor, y el movimiento antipsiquiátrico
son muestras del inicio de un cambio
en la percepción el hombre para ser
ahora llamado sujeto, pero ¿Sujeto a
qué?, ¿al Inconsciente?, ¿al medio?,
¿al Otro?, estos serán los puntos divergentes
en esta actual teoría del sujeto.
Para concluir, me gustaría mencionar
que en tiempos del avance tecnológico,
en el aspecto médico, la psiquiatría
desde su anexión al estrato jurídico
como lo menciona Foucault (2002) en
su artículo: “Sobre la formación de
la categoría de individuo peligroso
en psiquiatría”, ha pretendido luchar
por la deshumanización del Ser con el
afán de fundamentarse como rama de la
ciencia a la par de la medicina, la
complementariedad de los discursos jurídico
y médico han orillado a olvidarse de
la categoría de Sujeto en la psicología,
para muestra se observa la creación
de manuales clasificatorios de la normalidad
ante el incremento de la psicopatología
como el DSM IV- TR, así es que la clasificación
y el saneamiento social apuestan a un
retroceso del pensamiento ahora tratado,
la contribución del estadio del espejo
de Lacan, a sesenta años de su presentación,
no es sólo una herramienta psicoanalítica
sino un parteaguas para el desarrollo
de nuevas conceptualizaciones y disertaciones
con respecto a su conformación psíquica
en el marco de las relaciones del hombre
con su medio, con ese Otro al cual presume
dominar pero que en el fondo ignora,
a través de un abrupto narcisismo, que
es por él que puede verse a sí mismo
como reflejo del deseo de alguien más.
Referencias bibliográficas:
1. FOUCAULT, M. Obras Esenciales Estética,
Ética y Hermenéutica Vol. III. Madrid:
Paidós. 2002
2. FREUD, S. (1920) Más Allá del Principio
del Placer En: J. Strachey (Ed.) y J.L.
Etcheverry y L. Wolfson (Trads.). Obras
completas (Vol. XIX, p. 1 – 76). Buenos
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3. LACAN, J. De la psicosis paranoica
en sus relaciones con la personalidad
(6ª ed.) (A. Alatorre, trad.). México
D.F: Siglo XXI Editores. 1998
4. __________ Escritos I (23ª. Ed.)
(T. Segovia, trad.). México D.F. Siglo
XXI Editores. 2003
5. LEVINAS, E. La huella del otro México
D.F. Taurus. 2002
6. MASOTTA, O. Lecturas de psicoanálisis
Freud Lacan. (2ª. Ed.) Madrid: Paidós.
2001
7. POE, E. A. Selección de cuentos y
relatos. México D.F. Editorial Edicomunicación.
1996
8. ROUDINESCO, E. Jacques Lacan. Esbozo
de una vida, historia de un pensamiento.
Barcelona. Anagrama. 1995
9. WALLON, H. Evolución psicológico
del niño. México D.F. Crítica. 1999
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SCOTT
FITZGERALD |
El
extraño caso de Benjamin Button |
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Fue difícil vender El extraño
caso de Benjamin Button (aparecido en la revista
Collier el 21 de mayo de 1922). Fitzgerald le
escribiría más tarde a su agente Harold Ober:
« Ya seque las revistas sólo quieren mis relatos
sobre chicas a la moda; los problemas que has
tenido para vender Benjamin Button y Un diamante
tan grande como el Ritz lo demuestran».
Benjamin Button fue su segundo relato (le había
precedido The Cut-Glass BowL en 1920) de corte
fantástico o superreal, un estilo en el que
escribió algunos de sus cuentos más brillantes
y que quizá le atraía por su tensión entre romanticismo
y realismo, por el desafío que la fantasía plantea:
convertir lo imposible en verosímil. Fitzgerald
explicó la génesis de Benjamín Button cuando
lo incluyó en sus Cuentos de la era del jazz:
«Me inspiró el cuento un comentario de Mark
Twain: era una lástima que el mejor tramo de
nuestra vida estuviera al principio y el peor
al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo
un experimento con un hombre inserto en un ambiente
absolutamente normal. Semanas después de terminar
el relato, descubrí un argumento casi idéntico
en los cuadernos de Samuel Butler.»
I.
Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia
casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses
de la medicina han establecido que los primeros
llantos del recién nacido deben ser emitidos
en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente
en un hospital elegante. Así que el señor y
la señora Button se adelantaron cincuenta años
a la moda cuando decidieron, un día de verano
de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital.
Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna
influencia en la asombrosa historia que estoy
a punto de referirles.
Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen
por sí mismos.
Los Button gozaban de una posición envidiable,
tanto social como económica, en el Baltimore
de antes de la guerra. Estaban emparentados
con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo
sureño sabía, les daba el derecho a formar parte
de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación.
Era su primera experiencia en lo que atañe a
la antigua y encantadora costumbre de tener
hijos: naturalmente, el señor Button estaba
nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para
poder mandarlo a la Universidad de Yale, en
Connecticut, institución en la que el propio
señor Button había sido conocido durante cuatro
años con el apodo, más bien obvio, de Cuello
Duro.
La mañana de septiembre consagrada al extraordinario
acontecimiento se levantó muy nervioso a las
seis, se vistió, se anudó una impecable corbata
y corrió por las calles de Baltimore hasta el
hospital, donde averiguaría si la oscuridad
de la noche había traído en su seno una nueva
vida.
A unos cien metros de la Clínica Maryland para
Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico
de cabecera, que bajaba por la escalera principal
restregándose las manos como si se las lavara
—como todos los médicos están obligados a hacer,
de acuerdo con los principios éticos, nunca
escritos, de la profesión.
El señor Roger Button, presidente de Roger Button
& Company, Ferreteros Mayoristas, echó a
correr hacia el doctor Keene con mucha menos
dignidad de lo que se esperaría de un caballero
del Sur, hijo de aquella época pintoresca.
—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!
El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo,
mientras una expresión extraña se iba dibujando
en su severa cara de médico a medida que el
señor Button se acercaba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button,
respirando con dificultad después de su carrera—.
¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es
un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?
—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente.
Parecía algo irritado.
—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el
señor Button.
El doctor Keene frunció el entrecejo.
—Diantre, sí, supongo... en cierto modo —y volvió
a lanzarle una extraña mirada al señor Button.
—¿Mi mujer está bien?
—Sí.
—¿Es niño o niña?
—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo
de su irritación—. Le ruego que lo vea usted
mismo. ¡Es indignante! —la última palabra cupo
casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene
murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste
mejorará mi reputación profesional? Otro caso
así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.
—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—.
¿Trillizos?
—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor,
cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse
otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven,
y he sido el médico de su familia durante cuarenta
años, pero he terminado con usted. ¡No quiero
verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca
más! ¡Adiós!
Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra,
subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada,
y se alejó muy serio.
El señor Button se quedó en la acera, estupefacto
y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible
desgracia había ocurrido? De repente había perdido
el más mínimo deseo de entrar en la Clínica
Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante
después, haciendo un terrible esfueFZo, se obligó
a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.
Había una enfermera sentada tras una mesa en
la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su
vergüenza, el señor Button se le acercó.
—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo
con amabilidad.
—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.
Una expresión de horror se adueñó del rostro
de la chica, que se puso en pie de un salto
y pareció a punto de salir volando del vestíbulo:
se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y
evidente.
—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.
La enfermera lanzó un débil grito.
—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba.
Al final de las escaleras. ¡Suba!
Le señaló la dirección con el dedo, y el señor
Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta,
vacilante, y empezó a subir las escaleras. En
el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera
que se le acercó con una palangana en la mano.
—Soy el señor Button —consiguió articular—.
Quiero ver a mi...
¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo
y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc!
Empezó un metódico descenso, como si participara
en el terror general que había desatado aquel
caballero.
—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi
gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.
¡Clanc! La palangana había llegado a la planta
baja. La enfermera recuperó el control de sí
misma y lanzó al señor Button una mirada de
auténtico desprecio.
—De acuerdo, señor Button —concedió con voz
sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo
estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente
indignante! Esta clínica no conservará ni sombra
de su reputación después de...
—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—.
¡No puedo soportar más esta situación!
—Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró
penosamente tras ella. Al final de un largo
pasillo llegaron a una sala de la que salía
un coro de aullidos, una sala que, de hecho,
sería conocida en el futuro como la «sala de
los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo
de las pareces había media docena de cunas con
ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una
etiqueta pegada en la cabecera.
—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el
mío?
—Aquél —dijo la enfermera.
Los ojos del señor Button siguieron la dirección
que señalaba el dedo de la enfermera, y esto
es lo que vieron: envuelto en una voluminosa
manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había
sentado un anciano que aparentaba unos setenta
años. Sus escasos cabellos eran casi blancos,
y del mentón le caía una larga barba color humo
que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada
por la brisa que entraba por la ventana. El
anciano miró al señor Button con ojos desvaídos
y marchitos, en los que acechaba una interrogación
que no hallaba respuesta.
—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando
su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme
una broma de mal gusto?
—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó
la enfermera severamente—. Y no sé si usted
está loco o no, pero lo que es absolutamente
seguro es que ése es su hijo.
El sudor frío se duplicó en la frente del señor
Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos,
y miró. No era un error: veía a un hombre de
setenta años, un recién nacido de setenta años,
un recién nacido al que las piernas se le salían
de la cuna en la que descansaba.
El anciano miró plácidamente al caballero y
a la enfermera durante un instante, y de repente
habló con voz cascada y vieja:
—¿Eres mi padre? —preguntó.
El señor Button y la enfermera se llevaron un
terrible susto.
—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—,
me gustaría que me sacaras de este sitio, o,
al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora
cómoda.
—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido?
¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.
—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó
la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas
horas que he nacido. Pero mi apellido es Button,
no hay duda.
—¡Mientes! ¡Eres un impostor!
El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.
—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido
—se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca,
¿quiere?
—Se equivoca, señor Button —dijo severamente
la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir
la situación de la mejor manera posible. Nos
vemos en la obligación de pedirle que se lo
lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.
—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.
—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de
verdad. ¿Comprende?
—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—.
¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar
a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos
chillidos y llantos, no he podido pegar ojo.
He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó
una aguda nota de protesta— ¡y me han traído
una botella de leche!
El señor Button se dejó caer en un sillón junto
a su hijo y escondió la cara entre las manos.
—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va
a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?
—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—.
¡Inmediatamente!
Una imagen grotesca se materializó con tremenda
nitidez ante ios ojos del hombre atormentado:
una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas
calles de la ciudad con aquella espantosa aparición
renqueando a su lado.
—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.
La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba
a decirles? Tendría que presentar a ese... a
ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido
esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría
bajo la manta y seguirían su camino penosamente,
pasando por delante de las tiendas atestadas
y el mercado de esclavos (durante un oscuro
instante, el señor Button deseó fervientemente
que su hijo fuera negro), por delante de las
lujosas casas de los barrios residenciales y
el asilo de ancianos...
—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.
—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree
usted que me voy a ir casa con esta manta, se
equivoca de medio a medio.
—Los niños pequeños siempre llevan mantas.
Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal
blanco.
—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que
me han
preparado.
—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo
la enfermera remilgadamente.
—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no
va a llevar nada puesto dentro de dos minutos.
Esta manta pica. Me podrían haber dado por los
menos una sábana.
—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir
el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—.
¿Qué hago?
—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de
ropa.
La voz del anciano siguió al señor Button hasta
el vestíbulo:
—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.
El señor Button salió dando un terrible portazo.
II.
—Buenos días —dijo el señor Button, nervioso,
al dependiente de la mercería Chesapeake—. Quisiera
comprar ropa para mi hijo.
—¿Qué edad tiene su hijo, señor?
—Seis horas —respondió el señor Button, sin
pensárselo dos
veces.
—La sección de bebés está en la parte de atrás.
—Bueno, no creo... No estoy seguro de lo que
busco. Es... es un niño extraordinariamente
grande. Excepcionalmente... excepcionalmente
grande.
—Allí puede encontrar tallas grandes para bebés.
—¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó
el señor Button, cambiando desesperadamente
de tema. Tenía la impresión de que el dependiente
se había olido ya su vergonzoso secreto. —Aquí
mismo.
—Bueno... —el señor Button dudó. Le repugnaba
la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre.
Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje
de chico grande, muy grande, podría cortar aquella
larga y horrible barba y teñir las canas: así
conseguiría disimular los peores detalles, y
conservar algo de su dignidad, por no mencionar
su posición social en Baltimore.
Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos
fue inútil: no encontró ropa adecuada para el
Button que acababa de nacer. Roger Button le
echaba la culpa a la tienda, claro está... En
semejantes casos lo apropiado es echarle la
culpa a la tienda.
—¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó
el dependiente con curiosidad.
—Tiene... dieciséis años.
—Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará
la sección de jóvenes en el siguiente pasillo.
El señor Button se alejó con aire triste. De
repente se paró, radiante, y señaló con el dedo
hacia un maniquí del escaparate.
—¡Aquél! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que
lleva el maniquí.
El dependiente lo miró asombrado.
—Pero, hombre —protestó—, ése no es un traje
para chicos. Podría ponérselo un chico, sí,
pero es un disfraz. ¡También se lo podría
poner usted!
—Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—.
Es lo que buscaba.
El sorprendido dependiente obedeció.
De vuelta en la clínica, el señor Button entró
en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó
el paquete a su hijo.
—Aquí tienes la ropa —le espetó.
El anciano desenvolvió el paquete y examinó
su contenido con mirada burlona.
—Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero
que me conviertan en un mono de...
—¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló
el señor Button, feroz—. Es mejor que no pienses
en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa...
o... o te pegaré.
Le costó pronunciar la última palabra, aunque
consideraba
que era lo que debía decir.
—De acuerdo, padre —era una grotesca simulación
de respeto filial—. Tú has vivido más, tú sabes
más. Como tú digas.
Como antes, el sonido de la palabra «padre»
estremeció violentamente al señor Button. —Y
date prisa.
—Me estoy dando prisa, padre.
Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button
lo miró desolado. El traje se componía de calcecines
de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintutón
y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba
la larga barba blanca, que casi llegaba a la
cintura. No producía buen efecto.
—¡Espera!
El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano
y con tres rápidos tijeretazos cercenó gran
parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora,
el conjunto distaba mucho de la perfección.
La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos
acuosos, los dientes de viejo, producían un
raro contraste con aquel traje tan alegre. El
señor Button, sin embargo, era obstinado. Alargó
una mano.
—¡Vamos! —dijo con severidad.
Su hijo le cogió de la mano confiadamente.
—¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con
voz temblorosa cuando salían de la sala de los
recién nacidos—. ¿Nene, a secas, hasta que pienses
un nombre mejor?
El señor Button gruñó.
—No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos
Matusalén.
III.
Incluso después de que al nuevo miembro de
la familia Button le cortaran el pelo y se lo
tiñeran de un negro desvaído y artificial, y
lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera
la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito
hecha a la medida por un sastre estupefacto,
era imposible que el señor Button olvidara que
su hijo era un triste remedo de primogénito.
Aunque encorvado por la edad, Benjamín Button
—pues este nombre le pusieron, en vez del más
apropiado, aunque demasiado pretencioso, de
Matusalén— medía un metro y setenta y cinco
centímetros. La ropa no disimulaba la estatura,
ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban
el hecho de que los ojos que había debajo estaban
apagados, húmedos y cansados. Y, en cuanto vio
al recién nacido, la niñera que los Button habían
contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada.
Pero el señor Button persistió en su propósito
inamovible. Bejamin era un niño, y como un niño
había que tratarlo. Al principio sentenció que,
si a Benjamín no le gustaba la leche templada,
se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió
y dio permiso para que su hijo tomara pan y
mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina
de avena. Un día llevó a casa un sonajero y,
dándoselo a Benjamín, insistió, en términos
que no admitían réplica, en que debía jugar
con él; el anciano cogió el sonajero con expresión
de cansancio, y todo el día pudieron oír cómo
lo agitaba de vez en cuando obedientemente.
Pero no había duda de que el sonajero lo aburría,
y de que disfrutaba de otras diversiones más
reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo,
un día el señor Button descubrió que la semana
anterior había fumado muchos más puros de los
que acostumbraba, fenómeno que se aclaró días
después cuando, al entrar inesperadamente en
el cuarto del niño, lo encontró inmerso en una
vaga humareda azulada, mientras Benjamín, con
expresión culpable, trataba de esconder los
restos de un habano. Aquello exigía, como es
natural, una buena paliza, pero el señor Button
no se sintió con fuerzas para administrarla.
Se limitó a advertirle a su hijo que el humo
frenaba el crecimiento.
El señor Button, a pesar de todo, persistió
en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo,
llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos
animales de trapo y, para darle veracidad a
la ilusión que estaba creando —al menos para
sí mismo—, preguntó con vehemencia al dependiente
de la juguetería si el pato rosa desteñiría
si el niño se lo metía en la boca. Pero, a pesar
de los esfuerzos paternos, a Benjamín nada de
aquello le interesaba. Se escabullía por las
escaleras de servicio y volvía a su habitación
con un volumen de la Enciclopedia Británica,
ante el que podía pasar absorto una tarde entera,
mientras las vacas de trapo y el arca de Noé
yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez
semejante, los esfuerzos del señor Button sirvieron
de poco.
Fue enorme la sensación que, en un primer momento,
causó en Baltimore. Lo que aquella desgracia
podría haberles costado a los Button y a sus
parientes no podemos calcularlo, porque el estallido
de la Guerra Civil dirigió la atención de los
ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes,
irreprochablemente corteses, se devanaron los
sesos para felicitar a los padres; y al fin
se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir
que el niño se parecía a su abuelo, lo que,
dadas las condiciones de normal decadencia comunes
a todos los hombres de setenta años, resultaba
innegable. A Roger Button y su esposa no les
agradó, y el abuelo de Benjamín se sintió terriblemente
ofendido.
Benjamín, en cuanto salió de la clínica, se
tomó la vida como venía. Invitaron a algunos
niños para que jugaran con él, y pasó una tarde
agotadora intentando encontrarles algún interés
al trompo y las canicas. Incluso se las arregló
para romper, casi sin querer, una ventana de
la cocina con un tirachinas, hazaña que complació
secretamente a su padre. Desde entonces Benjamín
se las ingeniaba para romper algo todos los
días, pero hacía cosas así porque era lo que
esperaban de él, y porque era servicial por
naturaleza.
Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció,
Benjamín y aquel caballero encontraron un enorme
placer en su mutua compañía. Tan alejados en
edad y experiencia, podían pasarse horas y horas
sentados, discutiendo como viejos compinches,
con monotonía incansable, los lentos acontecimientos
de la jornada. Benjamín se sentía más a sus
anchas con su abuelo que con sus padres, que
parecían tenerle una especie de temor invencible
y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial
que ejercían, a menudo le trataban de usted.
Benjamín estaba tan asombrado como cualquiera
por la avanzada edad física y mental que aparentaba
al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por
lo que pudo ver, no se conocía ningún caso semejante
al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo
sinceros esfuerzos por jugar con otros niños,
y a menudo participó en los juegos más pacíficos:
el fútbol lo trastornaba demasiado, y temía
que, en caso de fractura, sus huesos de viejo
se negaran a soldarse.
Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario,
donde lo iniciaron en el arte de pegar papel
verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos
de colores y construir infinitas cenefas. Tenía
propensión a adormilarse, e incluso a dormirse,
en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba
y asustaba a su joven profesora. Para su alivio,
la profesora se quejó a sus padres y éstos lo
sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus
amigos que el niño era demasiado pequeño.
Cuando cumplió doce años los padres ya se habían
habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre
es tan poderosa que ya no se daban cuenta de
que era diferente a todos los niños, salvo cuando
alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho.
Pero un día, pocas semanas después de su duodécimo
cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamin
hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento.
¿Lo engañaba la vista, o le había cambiado el
pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte,
en sus doce años de vida? ¿Era ahora menos pronunciada
la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel
más saludable y firme, incluso con algo del
buen color que da el invierno? No podía decirlo.
Sabía que ya no andaba encorvado y que sus condiciones
físicas habían mejorado desde sus primeros días
de vida.
—¿Será que...? —pensó en lo más hondo, o, más
bien, apenas se atrevió a pensar.
Fue a hablar con su padre.
—Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero
ponerme pantalones largos.
Su padre dudó.
—Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es
la edad adecuada para ponerse pantalones largos,
y tú sólo tienes doce.
—Pero tienes que admitir —protestó Benjamin—
que estoy muy grande para la edad que tengo.
Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos
cálculos.
—Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era
tan grande como tú a los doce años.
No era verdad: aquella afirmación formaba parte
del pacto secreto que Roger Button había hecho
consigo mismo para creer en la normalidad de
su hijo.
Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuaría
tiñéndose el pelo, pondría más empeño en jugar
con los chicos de su edad y no usaría las gafas
ni llevaría bastón por la calle. A cambio de
tales concesiones, recibió permiso para su primer
traje de pantalones largos.
IV.
No me extenderé demasiado sobre la vida de
Benjamin Button entre los doce y los veinte
años. Baste recordar que fueron años de normal
decrecimiento. Cuando Benjamin cumplió los dieciocho
estaba tan derecho como un hombre de cincuenta;
tenía más pelo, gris oscuro; su paso era firme,
su voz había perdido el temblor cascado: ahora
era más baja, la voz de un saludable barítono.
Así que su padre lo mandó a Connecticut para
que hiciera el examen de ingreso en la Universidad
de Yale. Benjamin superó el examen y se convirtió
en alumno de primer curso.
Tres días después de matricularse recibió una
notificación del señor Hart, secretario de la
Universidad, que lo citaba en su despacho para
establecer el plan de estudios. Benjamin se
miró al espejo: necesitaba volver a tintarse
el pelo. Pero, después de buscar angustiosamente
en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba
la botella de tinte marrón. Se acordó entonces:
se le había terminado el día anterior y la había
tirado.
Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el
despacho del secretario dentro de cinco minutos.
No había solución: tenía que ir tal y como estaba.
Y fue.
—Buenos días —dijo el secretario educadamente—.
Habrá venido para interesarse por su hijo.
—Bueno, la verdad es que soy Button —empezó
a decir Benjamin, pero el señor Hart lo interrumpió.
—Encantando de conocerle, señor Button. Estoy
esperando a su hijo de un momento a otro.
—¡Soy yo! —explotó Benjamin—. Soy alumno de
primer curso.
—¿Cómo?
—Soy alumno de primero.
—Bromea usted, claro.
—En absoluto.
El secretario frunció el entrecejo y echó una
ojeada a una ficha que tenía delante.
—Bueno, según mis datos, el señor Benjamin Button
tiene dieciocho años.
—Esa edad tengo —corroboró Benjamin, enrojeciendo
un poco.
El secretario lo miró con un gesto de fastidio.
—No esperará que me lo crea, ¿no?
Benjamín sonrió con un gesto de fastidio.
—Tengo dieciocho años —repitió.
El secretario señaló con determinación la puerta.
—Fuera —dijo—. Vayase de la universidad y de
la ciudad. Es usted un lunático peligroso.
—Tengo dieciocho años.
El señor Hart abrió la puerta.
—¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad
intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho
años, ¿no? Muy bien le doy dieciocho minutos
para que abandone la ciudad.
Benjamin Button salió con dignidad del despacho,
y media docena de estudiantes que esperaban
en el vestíbulo lo siguieron intrigados con
la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros,
se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario,
que aún permanecía en la puerta, repitió con
voz firme:
—Tengo dieciocho años.
Entre un coro de risas disimuladas, procedente
del grupo de estudiantes, Benjamin salió.
Pero no quería el destino que escapara con tanta
facilidad. En su melancólico paseo hacia la
estación de ferrocarril se dio cuenta de que
lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin
una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido
la voz de que un lunático había aprobado el
examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse
pasar por un joven de dieciocho años. Una excitación
febril se apoderó de la universidad. Hombres
sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas,
el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento
y se unió a la multitud, las esposas de los
profesores, con la cofia torcida y el polisón
mal puesto, corrían y gritaban tras la comitiva,
de la que procedía una serie incesante de comentarios
dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin
Button.
—¡Debe ser el Judío Errante!
—¡A su edad debería ir al instituto!
—¡Mirad al niño prodigio!
—¡Creería que esto era un asilo de ancianos!
—¡Que se vaya a Harvard!
Benjamin aceleró el paso y pronto echó a correr.
¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se arrepentirían
de aquellas burlas irreflexivas!
A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza
por la ventanilla.
—¡Os arrepentiréis! —gritó.
—Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja!
Fue el mayor error que la Universidad de Yale
haya cometido en su historia.
V.
En 1880 Benjamin Button tenía veinte años,
y celebró su cumpleaños comenzando a trabajar
en la empresa de su padre, Roger Button &
Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel año también
empezó a alternar en sociedad: es decir, su
padre se empeñó en llevarlo a algunos bailes
elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta
años, y él y su hijo se entendían cada vez mejor.
De hecho, desde que Benjamin había dejado de
tintarse el pelo, todavía canoso, parecían más
o menos de la misma edad, y podrían haber pasado
por hermanos.
Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos
de etiqueta, camino de un baile en la casa de
campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore.
Era una noche magnífica. La luna llena bañaba
la carretera con un apagado color platino, y,
en el aire inmóvil, la cosecha de flores tardías
exhalaba aromas que eran como risas suaves,
con sordina. Los campos, alfombrados de trigo
reluciente, brillaban como si fuera de día.
Era casi imposible no emocionarse ante la belleza
del cielo, casi imposible.
—El negocio de la mercería tiene un gran futuro
—estaba diciendo Roger Button. No era un hombre
espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—.
Los viejos ya tenemos poco que aprender —observó
profundamente—. Sois vosotros, los jóvenes con
energía y vitalidad, los que tenéis un gran
futuro por delante.
Las luces de la casa de campo de los Shevlin
surgieron al final del camino. Ahora les llegaba
un rumor, como un suspiro inacabable: podía
ser la queja de los violines o el susurro del
trigo plateado bajo la luna.
Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos
pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó una
dama, la siguió un caballero de mediana edad,
y por fin apareció otra dama, una joven bella
como el pecado. Benjamin se sobresaltó: fue
como si una transformación química disolviera
y recompusiera cada partícula de su cuerpo.
Se apoderó de él cierta rigidez, la sangre le
afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió
en los oídos el palpitar constante de la sangre.
Era el primer amor.
La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos
a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes
lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los
hombros una mantilla española del amarillo más
pálido, con bordados en negro; sus pies eran
relucientes capullos que asomaban bajo el traje
con polisón.
Roger Button se acercó confidencialmente a su
hijo.
—Ésa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief,
la hija del general Moncrief.
Benjamin asintió con frialdad.
—Una criatura preciosa —dijo con indiferencia.
Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado
el carruaje, añadió—: Podrías presentármela,
papá.
Se acercaron a un grupo en el que la señorita
Moncrief era el centro. Educada según las viejas
tradiciones, se inclinó ante Benjamin. Sí, le
concedería un baile. Benjamín le dio las gracias
y se alejó Se alejó tambaleándose.
La espera hasta que llegara su turno se hizo
interminablemente larga. Benjamin se quedó cerca
de la pared, callado, inescrutable, mirando
con ojos asesinos a los aristocráticos jóvenes
de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde
Moncrief con caras de apasionada admiración.
¡Qué detestables le parecían a Benjamin; qué
intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas
morenas y rizadas le provocaban una sensación
parecida a la indigestión.
Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con
ella por la movediza pista de baile al compás
del último vals de París, la angustia y los
celos se derritieron como un manto de nieve.
Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida
acababa de empezar.
—Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos
nosotros, ¿verdad? —preguntó Hildegarde, mirándolo
con ojos que brillaban como esmalte azul.
Benjamin dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el
hermano de su padre, ¿debía aclarar la confusión?
Recordó su experiencia en Yale, y decidió no
hacerlo. Sería una descortesía contradecir a
una dama; sería un crimen echar a perder aquella
exquisita oportunidad con la grotesca historia
de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que
asintió, sonrió, escuchó, fue feliz.
—Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—.
Los jóvenes son tan tontos... Me cuentan cuánto
champán bebieron en la universidad, y cuánto
dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres
de su edad saben apreciar a las mujeres.
Benjamin sintió que estaba a punto de declararse.
Dominó la tentación con esfuerzo.
—Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—.
Cincuenta años. A los veinticinco los hombres
son demasiado mundanos; a los treinta están
atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta
son la edad de las historias largas: para contarlas
se necesita un puro entero; los sesenta... Ah,
los sesenta están demasiado cerca de los setenta,
pero los cincuenta son la edad de la madurez.
Me encantan los cincuenta.
Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad
gloriosa. Deseó apasionadamente tener cincuenta
años.
—Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—:
prefiero casarme con un hombre de cincuenta
años y que me cuide, a casarme con uno de treinta
y cuidar de él.
Para Benjamin el resto de la velada estuvo bañado
por una neblina color miel. Hildegarde le concedió
dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente
de acuerdo en todos los temas de actualidad.
Darían un paseo en calesa el domingo, y hablarían
más detenidamente.
Volviendo a casa en el faetón, justo antes de
romper el alba, cuando empezaban a zumbar las
primeras abejas y la luna consumida brillaba
débilmente en la niebla fría, Benjamin se dio
cuenta vagamente de que su padre estaba hablando
de ferretería al por mayor.
—¿Qué asunto propones que tratemos, además de
los clavos y los martillos? —decía el señor
Button.
—Los besos —respondió Benjamin, distraído.
—¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si
acabo de hablar de pesos y básculas!
Benjamin lo miró aturdido, y el cielo, hacia
el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó
entre los árboles que pasaban veloces...
VI.
Cuando, seis meses después, se supo la noticia
del enlace entre la señorita Hildegarde Moncrief
y el señor Benjamín Button (y digo «se supo
la noticia» porque el general Moncrief declaró
que prefería arrojarse sobre su espada antes
que anunciarlo), la conmoción de la alta sociedad
de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi
olvidada historia del nacimiento de Benjamín
fue recordada y propalada escandalosamente a
los cuatro vientos de los modos más picarescos
e increíbles. Se dijo que, en realidad, Benjamin
era el padre de Roger Button, que era un hermano
que había pasado cuarenta años en la cárcel,
que era el mismísimo John Wilkes Booth disfrazado...
y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza.
Los suplementos dominicales de los periódicos
de Nueva York explotaron el caso con fascinantes
ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin
Button acoplada al cuerpo de un pez o de una
serpiente, o rematando una estatua de bronce.
Llegó a ser conocido en el mundo periodístico
como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero
la verdadera historia, como suele ser normal,
apenas tuvo difusión.
Como quiera que fuera, todos coincidieron con
el general Moncrief: era un crimen que una chica
encantadora, que podía haberse casado con el
mejor galán de Baltimore, se arrojara en brazos
de un hombre que tenía por lo menos cincuenta
años. Fue inútil que el señor Roger Button publicara
el certificado de nacimiento de su hijo en grandes
caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo
creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar
a Benjamin.
Por lo que se refiere a las dos personas a quienes
más concernía el asunto, no hubo vacilación
alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca
de su prometido, que Hildegarde se negó terminantemente
a creer la verdadera. Fue inútil que el general
Moncrief le señalara el alto índice de mortalidad
entre los hombres de cincuenta años, o, al menos,
entre los hombres que aparentaban cincuenta
años; e inútil que le hablara de la inestabilidad
del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde
eligió casarse con la madurez... y se casó.
VII.
En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde
Moncrief se equivocaron. El negocio de ferretería
al por mayor prosperó de manera asombrosa. En
los quince años que transcurrieron entre la
boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilación
de su padre, en 1895, la fortuna familiar se
había duplicado, gracias en gran medida al miembro
más joven de la firma.
No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo
a la pareja en su seno. Incluso el anciano general
Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno
cuando Benjamin le dio el dinero necesario para
sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil
en treinta volúmenes, que había sido rechazada
por nueve destacados editores.
Quince años provocaron muchos cambios en el
propio Benjamin. Le parecía que la sangre le
corría con nuevo vigor por las venas. Empezó
a gustarle levantarse por la mañana, caminar
con paso enérgico por la calle concurrida y
soleada, trabajar incansablemente en sus envíos
de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue
en 1890 cuando logró su mayor éxito en los negocios:
lanzó la famosa idea de que todos los clavos
usados para clavar cajas destinadas al transporte
de clavos son propiedad del transportista, propuesta
que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada
por el presidente del Tribunal Supremo, el señor
Fossile, y ahorró a Roger Button & Company,
Ferreteros Mayoristas, más de seiscientos clavos
anuales.
Y Benjamin descubrió que lo atraía cada vez
más el lado alegre de la vida. Típico de su
creciente entusiasmo por el placer fue el hecho
de que se convirtiera en el primer hombre de
la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo
un automóvil. Cuando se lo encontraban por la
calle, sus coetáneos lo miraban con envidia,
tal era su imagen de salud y vitalidad.
—Parece que está más joven cada día —observaban.
Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta
y cinco años, no había sabido darle a su hijo
una bienvenida adecuada, acabó reparando su
falta colmándolo de atenciones que rozaban la
adulación.
Llegamos a un asunto desagradable sobre el que
pasaremos lo más rápidamente posible. Sólo una
cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer
había dejado de atraerle.
En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de
treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de
catorce. En los primeros días de su matrimonio
Benjamín había sentido adoración por ella. Pero,
con los años su cabellera color miel se volvió
castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos
adquirió el aspecto de la loza barata. Además,
y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando
sus costumbres, demasiado plácida, demasiado
satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones
de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios.
Cuando eran novios ella era la que arrastraba
a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era
al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre
en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida
ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir
un día con nosotros y se queda a nuestro lado
hasta el final.
La insatisfacción de Benjamín se hizo cada vez
más profunda. Cuando estalló la Guerra Hispano-Norteamericana
en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos
que decidió alistarse en el ejército. Gracias
a su influencia en el campo de los negocios,
obtuvo el grado de capitán, y demostró tanta
eficacia que fue ascendido a mayor y por fin
a teniente coronel, justo a tiempo para participar
en la famoso carga contra la colina de San Juan.
Fue herido levemente y mereció una medalla.
Benjamin estaba tan apegado a las actividades
y las emociones del ejército, que lamentó tener
que licenciarse, pero los negocios exigían su
atención, así que renunció a los galones y volvió
a su ciudad. Una banda de música lo recibió
en la estación y lo escoltó hasta su casa.
VIII.
Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda,
lo recibió en el porche, y en el momento preciso
de besarla Benjamin sintió que el corazón le
daba un vuelco: aquellos tres años habían tenido
un precio. HÜdelgarde era ahora una mujer de
cuarenta años, y una tenue sombra gris se insinuaba
ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció.
Cuando llegó a su habitación, se miró en el
espejo: se acercó más y examinó su cara con
ansiedad, comparándola con una foto en la que
aparecía en uniforme, una foto de antes de la
guerra.
—¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso
continuaba. No había la más mínima duda: ahora
aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse,
se preocupó: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces
había creído que, cuando alcanzara una edad
corporal equivalente a su edad en años, cesaría
el fenómeno grotesco que había caracterizado
su nacimiento. Se estremeció. Su destino le
pareció horrible, increíble.
Volvió a la planta principal. Hildegarde lo
estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamin
se preguntó si habría descubierto al fin que
pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión,
abordó el asunto durante la comida, de la manera
más delicada que se le ocurrió.
—Bueno —observó en tono desenfadado—, todos
dicen que parezco más joven que nunca.
Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó.
—¿Y te parece algo de lo que presumir?
—No estoy presumiendo —aseguró Benjamin, incómodo.
Ella volvió a sollozar.
—Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—:
Creía que tendrías el suficiente amor propio
como para acabar con esto.
—¿Y cómo? —preguntó Benjamin.
—No voy a discutir contigo —replicó su mujer—.
Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas
y una manera equivocada. Si tú has decidido
ser distinto a todos, me figuro que no puedo
impedírtelo, pero la verdad es que no me parece
muy considerado por tu parte.
—Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada!
—Sí que puedes. Pero eres un cabezón, sólo eso.
Estás convencido de que tienes que ser distinto.
Has sido siempre así y lo seguiras siendo. Pero
piensa, sólo un momento, qué pasaría si todos
compartieran tu manera de ver las cosas... ¿Cómo
sería el mundo?
Se trababa de una discusión estéril, sin solución,
así que Benjamín no contestó, y desde aquel
instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos.
Y Benjamín se preguntaba qué fascinación podía
haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo.
Y, para ahondar la brecha, Benjamín se dio cuenta
de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba,
se fortalecía su sed de diversiones. No había
fiesta en Baltimore en la que no se le viera
bailar con las casadas más hermosas y charlar
con las debutantes más solicitadas, disfrutando
de los encantos de su compañía, mientras su
mujer, como una viuda de mal agüero, se sentaba
entre las madres y las tías vigilantes, para
observarlo con altiva desaprobación, o seguirlo
con ojos solemnes, perplejos y acusadores.
—¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima!
Un joven de esa edad casado con una mujer de
cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo
menos veinte años menos que su mujer.
Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente—
que ya en 1880 sus papas y mamas también habían
hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal
emparejado.
Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones
compensaba la creciente infelicidad hogareña
de Benjamín. Descubrió el golf, y obtuvo grandes
éxitos. Se entregó al baile: en 1906 era un
experto en el boston, y en 1908 era considerado
un experto del maxixe, mientras que en 1909
su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes
de la ciudad.
Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta
cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba
veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a
la ferretería al por mayor y pensó que iba siendo
hora de que se hiciera cargo del negocio su
hijo Roscoe, que había terminado sus estudios
en Harvard.
Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamín
con su hijo. Semejante confusión agradaba a
Benjamín, que olvidó pronto el miedo insidioso
que lo había invadido a su regreso de la Guerra
Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía
ahora un placer ingenuo. Sólo tenía una contraindicación
aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer
en público con su mujer. Hildegarde tenía casi
cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía
completamente absurdo.
IX.
Un día de septiembre de 1910 —pocos años después
de que el joven Roscoe Button se hicera cargo
de la Roger Button & Company, Ferreteros
Mayoristas— un hombre que aparentaba unos veinte
años se matriculó como alumno de primer curso
en la Universidad de Harvard, en Cambridge.
No cometió el error de anunciar que nunca volvería
a cumplir los cincuenta, ni mencionó el hecho
de que su hijo había obtenido su licenciatura
en la misma institución diez años antes.
Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó
una relevante posición en su curso, en parte
porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes
de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho
años.
Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho
de que en el partido de fútbol contra Yale jugó
de forma tan brillante, con tanto brío y tanta
furia fría e implacable, que marcó siete touchdowns
y catorce goles de campo a favor de Harvard,
y consiguió que los once hombres de Yale fueran
sacados uno a uno del campo, inconscientes.
Se convirtió en el hombre más célebre de la
universidad.
Aunque parezca raro, en tercer curso apenas
si fue capaz de formar parte del equipo. Los
entrenadores dijeron que había perdido peso,
y los más observadores repararon en que no era
tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns.
Lo mantenían en el equipo con la esperanza de
que su enorme reputación sembrara el terror
y la desorganización en el equipo de Yale.
En el último curso, ni siquiera lo incluyeron
en el equipo. Se había vuelto tan delgado y
frágil que un día unos estudiantes de segundo
lo confundieron con un novato, incidente que
lo humilló profundamente. Empezó a ser conocido
como una especie de prodigio —un alumno de los
últimos cursos que quizá no tenía más de dieciséis
años— y a menudo lo escandalizaba la mundanería
de algunos de sus compañeros. Los estudios le
parecían más difíciles, demasiado avanzados.
Había oído a sus compañeros hablar del San Midas,
famoso colegio preuniversitario, en el que muchos
de ellos se habían preparado para la Universidad,
y decidió que, cuando acabara la licenciatura,
se matricularía en el San Midas, donde, entre
chicos de su complexión, estaría más protegido
y la vida sería más agradable.
Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa,
a Baltimore, con el título de Harvard en el
bolsillo. Hildegarde residía ahora en Italia,
así que Benjamin se fue a vivir con su hijo,
Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre,
era evidente que el afecto de su hijo se había
enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia
a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba
por la casa presa de melancolías de adolescente.
Roscoe se había casado, ocupaba un lugar prominente
en la vida social de Baltimore, y no deseaba
que en torno a su familia se suscitara el menor
escándalo.
Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes
y los universitarios más jóvenes, y se sentía
abandonado, muy solo, con la única compañía
de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce
o quince años. Recordó el proyecto de ir al
colegio de San Midas.
—Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces
tengo que decirte que quiero ir al colegio?
—Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe. El
asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusión.
—No puedo ir solo —dijo Benjamin, vulnerable—.
Tienes que matricularme y llevarme tú.
—No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad.
Entrecerró los ojos y miró preocupado a su padre—.
El caso es —añadió— que ya está bien: podrías
pararte ya, ¿no? Sería mejor... —se interrumpió,
y su cara se volvió roja mientras buscaba las
palabras—. Tienes que dar un giro de ciento
ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección
contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para
ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú... ¡Ya
es hora de que te portes bien!
Benjamin lo miró, al borde de las lágrimas.
—Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya
visitas en casa, quiero que me llames tío, no
Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo
que un niño de quince años me llame por mi nombre
de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre,
así te acostumbrarías.
Después de mirar severamente a su padre, Roscoe
le dio la espalda.
X.
Cuando terminó esta discusión, Benjamin, muy
triste, subió a su dormitorio y se miró al espejo.
No se afeitaba desde hacía tres meses, pero
apenas si se descubría en la cara una pelusilla
incolora, que no valía la pena tocar. La primera
vez que, en vacaciones, volvió de Harvad, Roscoe
se había atrevido a sugerirle que debería llevar
gafas y una barba postiza pegada a las mejillas:
por un momento pareció que iba a repetirse la
farsa de sus primeros años. Pero la barba le
picaba, y le daba vergüenza. Benjamin lloró,
y Roscoe había acabado cediendo a regañadientes.
Benjamin abrió un libro de cuentos para niños,
Los boy scouts en la bahía de Bimini, y comenzó
a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza
la guerra. Hacía un mes que Estados Unidos se
había unido a la causa aliada, y Benjamin quería
alistarse, pero, ay, dieciséis años eran la
edad mínima, y Benjamin no parecía tenerlos.
De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta
y cinco años, también lo inhabilitaba para el
ejército.
Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció
con una carta con gran membrete oficial en una
esquina, dirigida al señor Benjamin Button.
Benjamin la abrió, rasgando el sobre con impaciencia,
y leyó la misiva con deleite: muchos militares
de alta graduación, actualmente en la reserva,
que habían prestado servicio durante la guerra
con España, estaban siendo llamados al servicio
con un rango superior. Con la carta se adjuntaba
su nombramiento como general de brigada del
ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse
inmediatamente.
Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando
de entusiasmo. Aquello era lo que había deseado.
Cogió su gorra y diez minutos después entraba
en una gran sastrería de Charles Street y, con
insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran
medidas para el uniforme.
—¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó
un dependiente, con indiferencia.
Benjamin enrojeció.
—¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera!
—replicó con rabia—. Me llamo Button y vivo
en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién
soy.
—Bueno —admitió el dependiente, titubeando—,
por lo menos sé quién es su padre.
Le tomaron las medidas, y una semana después
estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas
para conseguir los galones e insignias de general
porque el comerciante insistía en que una bonita
insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianas
quedaría igual de bien y sería mucho mejor para
jugar.
Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin salió de
casa una noche y se trasladó en tren a Camp
Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir
el mando de una brigada de infantería. En un
sofocante día de abril Benjamin llegó a las
puertas del campamento, pagó el taxi que lo
había llevado hasta allí desde la estación y
se dirigió al centinela de guardia.
—¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente.
El centinela lo miró con mala cara.
—Dime —observó—, ¿adonde vas disfrazado de general,
niño?
Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana,
se volvió hacia el soldado echando chispas por
los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda
e insegura.
—¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno;
hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente
vio cómo el centinela entrechocaba los talones
y presentaba armas. Benjamin disimuló una sonrisa
de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor
la sonrisa se le heló en los labios. No había
sido él la causa de aquel gesto de obediencia,
sino un imponente coronel de artillería que
se acercaba a caballo.
—¡Coronel! —llamó Benjamin con voz aguda.
El coronel se acercó, tiró de las riendas y
lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño
centelleo en los ojos.
—¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó
afectuosamente.
—Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamin
con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente del caballo!
El coronel se rió a carcajadas.
—Quieres mi caballo, ¿eh, general?
—¡Tenga! —gritó Benjamin exasperado—. ¡Lea esto!
—y tendió su nombramiento al coronel.
El coronel lo leyó y los ojos se le salían de
las órbitas.
—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose
el documento en su bolsillo.
—¡Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrirá
enseguida!
—¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada
extraña—. Vamos al puesto de mando, allí hablaremos.
Venga, vamos.
El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia
el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más remedio
que seguirlo con toda la dignidad de la que
era capaz: prometiéndose, mientras tanto, una
dura venganza.
Pero la venganza no llegó a materializarse.
Se materializó, Hos días después, su hijo Roscoe,
que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor
por el viaje inesperado, y escoltó al lloroso
general, sans uniforme, de vuelta a casa.
XI.
En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button.
Durante las fiestas de rigor, a nadie se le
ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento
que aparentaba unos diez años de edad y jugueteaba
por la casa con soldaditos de plomo y un circo
en miniatura era el mismísimo abuelo del recién
nacido.
A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca
y alegre en la que a veces se adivinaba una
sombra de tristeza, pero para Roscoe Button
su presencia era una fuente de preocupaciones.
En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba
que el asunto reportara la menor utilidad. Le
parecía que su padre, negándose a parecer un
anciano de sesenta años, no se comportaba como
un «hombre de pelo en pecho» —ésta era la expresión
preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso
y estrafalario. Pensar en aquel asunto más de
media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe
creía que los «hombres con nervios de acero»
debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas
a tal extremo... no reportaba ninguna utilidad.
Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos.
Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había
crecido lo suficiente para jugar con el pequeño
Benjamín bajo la supervisión de la misma niñera.
Roscoe los llevó a los dos al parvulario el
mismo día y Benjamín descubrió que jugar con
tiras de papel de colores, y hacer mantelitos
y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era
el juego más fascinante del mundo. Una vez se
portó mal y tuvo que quedarse en un rincón,
y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían
felices en aquella habitación alegre, donde
la luz del sol entraba por las ventanas y la
amable mano de la señorita Bailey de vez en
cuando se posaba sobre su pelo despeinado.
Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer
grado, pero Benjamín siguió en el parvulario.
Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños
hablaban de lo que harían cuando fueran mayores,
una sombra cruzaba su carita como si de un modo
vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas
que él nunca compartiría.
Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió
por tercer año al parvulario, pero ya era demasiado
pequeño para entender para qué servían las brillantes
y llamativas tiras de papel. Lloraba porque
los otros niños eran mayores y le daban miedo.
La maestra habló con él, pero, aunque intentó
comprender, no comprendió nada.
Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana,
con su uniforme almidonado, pasó a ser el centro
de su minúsculo mundo. Los días de sol iban
de paseo al parque; Nana le señalaba con el
dedo un gran monstruo gris y decía «elefante»,
y Benjamín debía repetir la palabra, y aquella
noche, mientras lo desnudaran para acostarlo,
la repetiría una y otra vez en voz alta: «leíante,
lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía
saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy
bien, porque, si te sentabas exactamente como
debías, rebotabas, y si decías «ah» durante
mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías
un efecto vocal intermitente muy agradable.
Le gustaba mucho coger del perchero un gran
bastón y andar de acá para allá golpeando sillas
y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea».
Si había visita, las señoras mayores chasqueaban
la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención,
y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él
se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando
el largo día acababa, a las cinco en punto,
Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas
harina de avena y unas papillas estupendas.
No había malos recuerdos en su sueño infantil:
no le quedaban recuerdos de sus magníficos días
universitarios ni de los años espléndidos en
que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo
existían las blancas, seguras paredes de su
cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de
vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada,
que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo
y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el
sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de
Benjamin se cerraban, soñolientos... Y no había
sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.
El pasado: la salvaje carga al frente de sus
hombres contra la colina de San Juan; los primeros
años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando
hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos
de la ciudad presurosa, trabajando por la joven
Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos
días en que se sentaba a fumar con su abuelo
hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega
casa de los Button, en Monroe Street... Todo
se había desvanecido como un sueño inconsistente,
pura imaginación, como si nunca hubiera existido.
No se acordaba de nada. No recordaba con claridad
si la leche de su última comida estaba templada
o fría; ni el paso de los días... Sólo existían
su cuna y la presencia familiar de Nana. Y,
aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando
tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante
las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían
suaves murmullos y susurros que apenas oía,
y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.
Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y
los rostros confusos que se movían por encima
de él, y el tibio y dulce aroma de la leche,
acabaron de desvanecerse |
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La
homosexualidad masculina en el cine: tocados
por las manos de Apolo por José Luis Sánchez
del Toro (España) |
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Si de algo estoy seguro es de no poner
en tela de juicio los sentimientos de
los seres humanos, sea cual sea su inclinación
sexual.......
También sé que nadie le puso color al
amor, ni música a los sentidos.....
Sé que tarde o temprano mi vida cambiará,
tal vez mis hijos no estarán conmigo....
Sé que el buen cine siempre será una
labor artesanal......
Como también sé que nunca se rodará
otro film como " GONE WITH THE
WIND".....
Sé que nunca habrá otra Marilyn ..
Ni Brando volverá a contarme sus vivencias
bajo el cielo de Paris....
Como también adivino que no volverá
a surgir una actriz como Vivien Leigh....
Y sé también, que siempre me conmoverá
la voz de Larry Olivier sobre aquel
Teatro del WestEnd, en Londres, cuando
le ví
Pero lo que nunca sabré es si seguiré
siendo Peter Pan, el eterno niño que
con su imaginación vuela y hace que
desaparezcan junto a él, entre nubes,
los seres que ama, ayudándoles a disfrutar
de la vida en un país como "nunca
jamás" ....
Pero antes de que eso llegue, dejadme
deciros que, sé positivamente que siempre
seré el hombre que va escalando cumbres,
siempre vivas mis ansias de conquista,
y latiendo en mi un corazón que lo mueve
el viento hacia el Este y otras veces
hacia el Oeste......Por esto, tal vez
no soy quien para enjuiciar las clases
de sentimientos y amistades que nacen
y mueren entre la raza humana, y como
de lo único que sé escribir es sobre
cine, me propongo analizar coherentemente
el comportamiento y las vidas de estos
seres tejidos con hilo de oro y humo
de sueños, como igualmente algunas de
sus películas, esos lienzos del Séptimo
Arte, que conmovieron mis cimientos,
y que rozan temas delicados en su planteamiento,
siendo de total actualidad para todos
los hombres y mujeres que todavía siguen
escalando cumbres a lo largo de este
planeta.
La influencia del cine en la vida es
enorme, su grandeza y capacidad no tiene
limites y en ocasiones se torna casi
vital, de él hemos aprendido que el
mundo posee enormes posibilidades, recursos
que muchas veces nos ha servido para
afrontar nubarrones negros y la vuelta
a un cielo lleno de color, motivos por
los cuales nos hizo y nos siguen haciendo
soñar. Dentro de él hemos comprendido
una técnica, que con ayuda de la fantasía
y la imaginación nos ha hecho conocer
a grandes profesionales, alzando la
mano a los seres que llenaban la pantalla,
fortaleciendo la mente, los sentidos
y el gozo, en una baile orgásmico que
no parecía tener fin, cuando en esa
primera edad era incipiente y en algunos
casos muy concretos hemos vivido y sentido
el olor y sudor de la mano que nos adentraba
en los confines de sus mundos, haciéndolos
nuestros. El séptimo arte no es una
simple palabra con mas o menos repercusión,
es el arte mas completo que existe,
con pinceladas de Cezanne, y adagios
inolvidables.
Por mis ojos han pasado la inmensa mayoría
de films que la vieja censura nos impedía
disfrutar con nitidez de águila y que
al ser decapitada por la democracia,
se nos ha devuelto en toda su integridad.
De entre sus títulos podría destacar
centenares, muchos de los cuales carecían
de sentido ser censurados, o tal vez
eran victima de alguna mente enfermiza
en su comprensión y planteamiento. Yo,
como muchos españoles tuve que sufrir
esa injusticia en mis carnes, apretar
los puños, cerrar los ojos y soportarla.
El cine siempre ha sido mi vida, mi
sentido, mi forma de ver el mundo, amar
y ¿ por qué nó?, hasta para practicar
sexo. Todavía siento en mi frente el
sudor frío en la penumbra de aquellas
salas de programa doble de finales de
los sesenta, temblando de miedo de poder
ser descubierto en aquella oscuridad
cuando iba desesperado en busca del
orgasmo perdido….Todavía siento y huelo
en mis manos el aroma de aquel perfume,
uniéndose a las historias que me contaban
unos hombres y mujeres a los que ya
no puedo olvidar, a los que venero de
forma irreverente, sin dejarlos de amar,
porque siempre conservarán el mismo
semblante, el mismo aspecto atrayente
y saludable que yo veía en el interior
de mis queridos cines, aunque estos
caminen entre el polvo o la misma arena
de cualquier desierto perdido en el
infinito. Ellos eran portadores de ilusiones
y yo me jactaba de aquel poder de seducción,
imaginando y jugando con sus cuerpos
en un vaivén de gozo indescriptible.
Los actores nunca dejarán de respirar,
sonreír, hablar o embrujar, nunca sus
historias serán pasto del polvo, ni
sus secuencias archivadas en el cruel
olvido, porque pasean siempre en total
libertad por nuestra mente, nos hacen
recordar y vivir sus frases, sus acciones
y esa magia quedó para siempre plasmada
en miles de películas que llevamos vivas
en nuestra mente. Solo nosotros tenemos
la llave a mano, y la cerradura de nuestro
desván, dispuesta a ser penetrada por
ella, para volar entre brumas, y magia,
tras el recuerdo siempre vivo de unas
pantallas que siempre atesorarán un
encanto nunca perdido.
En aquellos años la censura hacia de
las suyas y uno de los temas que mas
machacaba en principio, era la supuesta,
insinuante o clara homosexualidad que
manaba de sus textos, haciéndonos comprenderlo
desde otro prisma mucho mas honesto,
incoherente y conservador, como eran
los tiempos que corrían. Nunca he comprendido
la fobia mundial que generaba ser homosexual,
o gay como se denomina ahora, nunca
lo he comprendido, porque para mi es
una condición mas del ser humano, una
vertiente del sentimiento, una forma
de recibir amor o darlo, sin detenerme
si es correcto o nó, simplemente esta
ahí y forma parte de la rueda que hace
girar el carro de los sentimientos.
El cine nos ha abierto amplios ventanales
donde se contaban historias de hombres
y mujeres que amaron a seres de su mismo
sexo, que sufrieron injusticias y persecución
por una hipócrita sociedad que en si
misma escondía deseos con la misma tendencia,
desarrollando cientos de historias en
las pantallas de todos los cines del
mundo, pero advirtiéndonos de antemano
que aquel film poseía alto peligro.
Yo todo esto lo he vivido en mis carnes,
y creo que aún me estremezco de ira,
asco e impotencia, afortunadamente ya
es historia, aunque no por ser agua
pasada, dejo de sentir la misma sensación
cuando lo recuerdo.
Lo que el cine siempre hizo, es pasar
una sutil pincelada por el tema, hacer
un rasguño apenas perceptible, y entregarnos
un lienzo salpicado con motivos homosexuales
de color desvaído. Lógicamente la sociedad
mundial de entonces, no se parece en
nada a la actual, y la censura se ceñía
su corona a veces de forma mas que autoritaria.
En ese sentido han quedado obras que
por si mismas son fieles a este comentario,
tales como Rebeca, Becket, Ben-Hur,
La gata negra y La Gata sobre el tejado
de zinc. Creo que estos cinco casos
son de por sí una muestra de lo que
el cine era capaz de transformar, después
de un profundo lavado a textos e imágenes.
Afortunadamente hoy, en pleno siglo
XXI, con solo mencionar Brokeback Mountain,
tenemos la gran diferencia que existe
entre un trono tristemente coronado,
y una republica abierta en muchos sentidos.

Marlon Brando dijo en una
ocasión:
"El sexo no tiene sexo",
Y con esta frase el actor, al que conocí
personalmente, demostró con mas valentía
que ninguno de sus compañeros el sentimiento
del hombre mas sensible que he conocido,
tirando por tierra los comentarios,
biografías, memorias no autorizadas,
artículos de prensa y leyendas mas o
menos ciertas de la condición sexual
de muchos de los grandes nombres del
Séptimo Arte. Su frase encierra una
verdad profunda y la opinión que sobre
la homosexualidad Brando tenía, lo podéis
seguir en mi website, entrando en este
vinculo: http://cineclasico.webcindario.com,
buscando las tres partes que componen
mi homenaje a un hombre con el que mantuve
una amistad de mas de treinta años.
Os lo recomiendo sinceramente si queréis
conocer de verdad al autentico actor
de actores. La influencia que Marlon
Brando ejerció sobre mi en muchos aspectos
de mi vida fué muy grande, similar a
mi sentimiento hacia nombres tan importante
como: Marilyn Monroe, Greta Garbo, Vivien
Leigh y el maestro Laurence Olivier,
pero desde otra dimensión.
Durante finales de los años cincuenta
comenzaron a insinuarse relaciones sexuales
entre personas del mismo sexo en algunas
películas, y fue entonces cuando la
censura empezó a trabajar de forma dura
y notoria. Films como Ben-Hur, pudieron
sortearla gracias al tratamiento casi
subliminal de la relación gay que sugiere
la película y que en algunas escenas
concretas salpica la pantalla constantemente.
Según el guionista del film, Gore Vidal
en un documental que se realizó titulado:
" El celuloide oculto ", la
historia giraba alrededor de una relación
homosexual que mantuvieron los dos personajes
masculinos principales, durante su adolescencia
y que en el film es tratada como de
una simple y llana amistad. No ocurrió
lo mismo con la obra maestra de Kubrick
"Espartaco", película en la
que la censura de prácticamente todo
el planeta, eliminó la escena en la
que se podía ver al esclavo Tony Curtis
bañar con todo detalle a su amo Olivier,
mientras ambos hablan veladamente de
homosexualidad, afortunadamente hoy
en día el film ha sido totalmente restaurado
y doblado de nuevo, quedando en la cuneta
de los pasos falsos la referida secuencia.
Existen centenares de films, sería una
labor interminable comentar cada uno
de ellos, quizá y si nos centramos en
los que ya figuran como iconos famosos
de los estragos de la censura, nos será
mas fácil, como es el caso de "
La gata sobre el tejado de zinc"
y " De repente el último verano",
ambas películas basadas en rotundos
éxitos teatrales y escritas por un Tennessee
Williams de su mejor momento, fueron
cruelmente censuradas y masacradas por
las tendencias de algunos de sus protagonista,
dejando que no se mostrasen con claridad
suficiente. Sobre ello una frase del
escritor Gore Vidal, subraya lo que
acabo de comentar:
"Nunca en mi vida había visto tanta
censura, cortaron y cortaron "La
gata sobre el tejado de cinc caliente".
No era posible que Brick, el personaje
escrito en principio para Brando y que
luego interpretó Paul Newman, hubiese
tenido deseos sexuales por su amigo
fallecido. Para cualquiera en la longitud
de onda correcta, estaba claro lo que
estábamos haciendo, pero simplemente
no podíamos usar la palabra homosexual.
Choqué de frente con esto también en
"De repente el último verano".
Cuando empezamos a cortar la película,
no tenía ningún sentido. Era como trabajar
para el Kremlin, o como escribir para
Pravda, aprendías a escribir o a rodar
entre líneas. Lo hacíamos con una toma
de la cara de Katharine Hepburn, mientras
Elizabeth Taylor le está explicando,
acercándose más y más a la verdad, lo
que a nosotros no nos permitían decir"
Gore Vidal
Durante casi treinta años, la censura
estuvo autorizada a cambiar todos los
diálogos, escenas, personajes o tramas
que no concordaran con los principios
del código establecido y así en "Días
sin huella", las dudas que su protagonista
tiene acerca de su sexualidad y que
están presentes en la novela en la que
se basaba el guión, se silencian totalmente
en el film. En "Encrucijada de
odios", grandioso film y que está
basado en un libro que trata sobre unos
asesinatos de gays, se convirtió de
la noche a la mañana en una película
sobre el asesinato de unos judíos. La
nueva censura prohibió cualquier referencia
explícita al tema, pero no consiguió
eliminarlo del todo. Aunque la mayor
diferencia con el periodo anterior estaba
en que los homosexuales dejaron de ser
elemento cómico para asumir el papel
de villanos, más acorde con el concepto
de homosexualidad que el Código Hays
quería transmitir a toda la sociedad
y que ésta aceptaba a regañadientes.
De esta forma películas como La hija
de Drácula, Rebeca de Hitchcock, o Sin
remisión, mostraban a lesbianas capaces
de perseguir sus objetivos sin ningún
escrúpulo, mientras que en "Young
Man with a Horn", la actriz Lauren
Bacall interpretaba a una mujer bisexual
que vive una vida autodestructiva y
desordenada. También en "La soga"
de Hitchcock, dos jóvenes unidos por
una sugerida relación asesinan a un
compañero de estudios. Al no poder hacerse
alusión directa a la homosexualidad,
ésta debía insinuarse por medio de guiños
para que el público pudiera identificarlos
fácilmente. Así, en "El Halcón
Maltés", uno de los mejores films
sobre tema policíaco que he visto, el
personaje interpretado por Peter Lorre,
que en la novela es gay, es presentado
a Bogart, resaltando que se perfuma
mucho, mientras suena una música femenina
de fondo. También en el western se contó
con películas donde se insinuaba la
homosexualidad, como en algunas escenas
entre Monty Clift y John Ireland, en
la película de Howard Hawks: "Río
rojo", o el lesbianismo casi velado
de las protagonistas de "Juanita
Calamidad" y "Johnny Guitar".....Afortunadamente
estas barbaridades hoy en día suenan
increíbles, pero son totalmente ciertas
y si de algo puede tambalearse el Séptimo
Arte a lo largo de su historia, es el
haber permitido semejante atrocidad.
Resulta paradójico que en pleno siglo
XXI, cuando la legalización entre personas
del mismo sexo son un hecho en algunos
países modernos y se le dá a esa forma
de amar el lugar que le correspondía,
al lado de otras opciones igualmente
validas, se recuerden las historias
trágicas que tuvieron que vivir muchas
mujeres y hombres del cine, como por
ejemplo: Que unos Estudios inventaran
para Rock Hudson amantes femeninas que
nunca existieron o para James Dean idilios
con Natalie Wood o Pier Angeli, cuando
la verdad es totalmente diferente. Sin
olvidar a mi Marlene Dietrich, intentando
seducir a políticos, Jefes de Estado,
escritores y actores viriles, cuando
en realidad ella amaba en toda su intensidad
a las mujeres. Tal vez pienso a veces,
que eran otros tiempos, tal vez que
la política empleada por los estudios
de cine era mas propia de cuento de
hadas..... Creo sinceramente, sin equivocarme
lo mas mínimo, que la historia ha sido
cruel en este punto y el cine un campo
apropiado donde plantar la semilla de
la hipocresía mas absoluta.
Luchino Visconti dijo:
" El amor es el sentimiento mas
transparente que existe, solo les quedó
fabricarlo con cristal de Bohemia ".
Dirk Bogarde, uno de los grandes actores
del siglo pasado, decía en sus memorias:
" Amar a un hombre es como saborear
vino de buena crianza ".
Y siempre recordaré a Marlene....Se
pronunció con esta frase:
"El amor es el motor de la mente,
el cerebro mueve sus hilos y la amistad
posee la libertad para escoger quien
compartirá estos sentimientos".
Emulando un párrafo del guión del clásico
de Alfred Hitchcock "REBECA":
"Los caminos serpenteados me conducirán
hacia Manderley"...o lo que es
lo mismo: "Los senderos cambiantes
de la vida me llevarán de nuevo a mí".
Y es así como los actores van componiendo
una estampa propia y personal de los
prototipos que les toca interpretar
en la pantalla, hasta adentrarse en
su mas íntimo Manderley. Algunos han
utilizado sus encantos para poder divisarlo
como si todo fuera natural, otros se
han dejando manipular por los Estudios
y hasta en nuestros días, nombres como
Tom Cruise, Kevin Spacey, Kevin Kline
o John Hurt, se ven mezclados en historias
de la mas sórdida homosexualidad. Creo
que lo mas importante de esta profesión
es el trabajo en sí, y algunas actrices
de ahora, sucumben en el morbo mas explicito,
sobre todo si su nombre brilla sobre
una alfombra roja, salvo figuras como
Greta Garbo y Marlene Dietrich, que
han conseguido estar por encima del
murmullo, las sucias historias o los
libros que últimamente se han publicado.
Creo que el secreto de ser una figura
libre de aristas, está en poseer el
carisma envolvente que pueda darnos
la admiración con que el mundo ama sus
películas y poseer esa magia que casi
siempre desecha que en un momento determinado,
se les señaló como iconos gay, en esto
Kevin Spacey y Kevin Kline o directores
como Franco Zeffirelli y Luchino Visconti
han sabido cruzar con categoría de monstruos
sagrados esos confines..."Los caminos
serpenteados que les han conducido al
Olimpo, donde reinan como si de su propio
Manderley se tratara". Creo que
es beneficioso ser gay en el mundo del
cine, la homosexualidad no mancha, ni
transforma la profesionalidad de estos
nombres, como tampoco los films que
ellos representan, porque ello les hace
sobresalir, ser morbosamente mas admirados
y posiblemente ensalzados a cumbres
que de ser heterosexuales no hubieran
conseguido. Por lo tanto beneficiarse
o asumir una tendencia, es alimentarse
de los manjares multicolor que ese arco
iris traza en el desarrollo de una película,
en una trayectoria artística o en la
propia vida de estos hombres y mujeres
que hacen que el cine siga siendo siempre
el Séptimo Arte.
De todos los nombres que se barajan,
de las películas que han sido criticadas
o elogiadas, se podría elaborar una
lista interminable, pero si nos ponemos
a investigar nadie aseguraría a ciencia
cierta la verdad, puesto que en ambos
casos la rivalidad o la envidia han
sido pasto de que figuren como iconos
gay del cine, y no por motivos artísticos.
Pero dentro de esa hipotética leyenda,
en labios de todos están los actores
que de alguna forma se han visto envueltos
en ella, y todavía hoy están saliendo
biografías y documentos sacando a la
luz una tendencia a ritmo de trompeta,
como si el sentimiento mas viejo del
mundo fuera un crimen o un atentado
terrorista. Dentro del cine, del teatro,
de la pintura y las letras, hay verdaderos
profesionales, auténticos ejemplos para
generaciones y cultivo de estudio, sin
que el ser homosexual impida la admiración
que el mundo siente hacia ellos. Sería
injusto por mi parte obviar los actores
que siguen a continuación, cuando estoy
escribiendo sobre "El paso de la
homosexualidad en el cine", pero
todo aficionado al cine los habrá visto
alguna vez mezclados con el tema, una
vez porque ellos mismos lo confesaron
y otras porque al cabo del tiempo, la
verdad salió a la luz:
En muchas ocasiones los rumores de su
condición sexual intentó ocultar una
labor de gigantes.....






El cine de hoy no le da a la homosexualidad
la enorme importancia con que se la
dibujaba hace 30 o 40 años, es mas,
los guiones como el de "PHILADELPHIA",
son magníficos alegatos a favor y en
defensa de los seres victimas del SIDA,
que lo viven abiertamente para nosotros
en pantalla. Se puede conseguir realizar
un gran film, con enormes cantidades
de carne dispuesta a ser abierta en
canal, y hurgar dentro, sacando a la
luz escondidos sentimientos, sin que
se tenga que modificar un texto, un
dialogo o un simple encuadre. ¿Se puede
hoy hacer retroceder el tiempo y rodar
un film como el clásico LA GATA SOBRE
EL TEJADO DE ZINC, respetando la idea
original de Williams?, seria asombroso,
pero reconozco que desaparecería ese
encanto de la sugerencia por la realidad,
y el film de Richard Brooks perdería
toda la ambigüedad que representa.
Siempre ha despertado interés las relaciones
homosexuales en la pantalla, y siempre
por no decir casi siempre, al final
el espectador hace su propia visión
de la historia que le acaban de contar,
inclinando la balanza hacia la suya
propia. ¿Imaginan el final de LA CONDESA
DESCALZA de Joseph. L. Mankiewicz, de
no haber cambiado el problema del conde
que no era otro que ser gay?, pues ahí
está la muestra, de como una película,
magníficamente interpretada, con una
factura envidiable, dejando de ser una
obra maestra para convertirse en una
simple buena película.
A propósito de LA CONDESA DESCALZA,
Mankiewicz dijo:
" Tuve un magnifico guión y unos
actores de categoría, pero al cabo de
los años veo con tristeza que mi querida
Maria no estaba descalza, su problema
era que llevaba un solo zapato y éste
era de tacón alto".
El cine está plagado de temas sobre
amores de un mismo sexo, la vida de
los hombres que lo componen también,
pero, ¿acaso el actor es persona normal,
acaso su desdoblamiento de personalidad
dentro de sus personajes son como los
nuestros?.. ¿Entonces por qué a veces
se les critica?....
Una vez leí un articulo de Pérez Reverte
sobre un viaje que hizo a Venecia, y
su contemplación de una pareja del mismo
sexo amándose tiernamente en los canales,
como si por un momento el film de Visconti
traspasase la ficción a la realidad
y el buscador de belleza hubiera encontrado
la misma en ese rostro que mira con
amor, con delicadeza, rozando con sus
dedos aquella dura barba....
Fué un relato realmente espléndido,
y lleno de ternura.
Hay ciento de ellos en el cine, en la
literatura y en la pintura, pero no
voy a jugar a insertar en mi articulo
nombres por el simple hecho de dar color,
ellos están en la mente de todos, y
nadie puede arrojar la piedra. Recuerdo
constantemente a mi amigo Brando, lo
que me enseñó..... y sobre todo lo que
dijo:
"Para mi existe una sola condición
humana, pero existen muchas formas de
amar y tan validas como el mismo sol
que curte nuestra piel, por eso no hay
frase mas elocuente y cierta que "el
sexo no tiene sexo".
Hay una clara diferencia entre los actores
y el tema en sí. Existe el actor como
Brando que no le importó lo mas mínimo
encarnar a un militar gay y ser el esposo
sufrido de Elizabeth Taylor en "Reflejos
en un ojo dorado" y está Monty
Clift (ambos alumnos del Actors), que
rechazó de antemano, a pesar de volver
a emparejar en pantalla con su mejor
amiga en el referido film, y ofrecer
al mundo la imagen que él siempre procuró
ocultar con todas sus fuerzas, del mismo
militar que Brando recreó como solo
él sabía hacer. Cosas como estas abundan
en la cinematografía y fué mas acentuado,
como he dicho anteriormente, en los
años 60 y 70, donde se traspasaban papeles
de un actor a otro por motivos morales
y también políticos....Pero es aquí
donde se vé al autentico profesional,
al actor fuerte y desafiante, que se
come los prejuicios sociales y juega
con sus personajes, aunque en estos
abunde una clara ambigüedad.
Muchos otros films, considerados dentro
de género gay, serían aquellos en los
que aparecen elementos homosexuales
como trama del film. En estos largometrajes,
la homosexualidad funciona como complemento
y desarrolla brillantemente un guión,
como sucede en: Alexander, La calumnia,
La ley del deseo o Philadelphia
También está patente en los que narran
formas de vida, como por ejemplo "La
caída de los dioses", de Visconti,
donde Helmut Berger aparece travestido
como Marlene Dietrich en El ángel azul.
Este mismo actor, en otro film de Visconti
da vida al monarca Luis II de Baviera,
llamado "el rey loco".......
En ese marco de la Alemania nazi, está
el film "Cabaret", que muestra
la pasión sin dobleces entre el noble
Maximilian von Heune por Brian Roberts.
"Victima", en la década de
los sesenta, que comienza a tocar con
un mayor grado de permisividad el tema
de la homosexualidad. Basil Dearden
dirigió Víctima, en la cual Dirk Bogarde
protagonizaba a un hombre que, a pesar
de amar a su esposa, sentía una pasión
incontrolable por un joven. Tema que
se repite en "Tempestad sobre Washington"
de Preminger, o el film que no me canso
de mencionar muchas veces y que me parece
un ejemplo de cuanto digo: "Reflejos
en un ojo dorado", con Elizabeth
Taylor y Marlon Brando en el papel de
un oficial de la armada. Esta película
fué condenada por la "National
Católica Office for Motion Pictures",
además de las fuertes críticas que Brando
recibió por su interpretación, algo
totalmente injusto, ya que el actor
demuestra como nunca una gama completa
de como puede vivirse una pasión subterránea,
a todas vista razonable, traspasando
la batería como solo Brando hacía, si
tenemos a nuestro lado como pareja a
una Liz Taylor, encarnando el prototipo
de la vulgaridad.
Sin lugar a dudas, el más emblemático
de los films gay, es QUERELLE , último
film de uno de los cineastas alemanes
más provocadores de la década de los
sesenta. Compañero junto a Herzog y
Wenders de lo que se denominó la joven
generación alemana. Fassbinder realizó
este film basándose en una obra de Jean
Genet, autor mas que significativo de
la literatura. Faasbinder posee una
compleja filmografía en la que siempre
aparece como elemento esencial el sexo.
Querelle, es el espejo de su personalidad.
Por un lado, marca el culto de sí mismo,
expresado en caracteres masculinos y
femeninos, por otro lado, el espejo
demarca la distanciada exposición de
esa condición: entre él y la realidad
representada como cualidad intrínseca
pero visible del objeto. En el film,
el mundo gay trasciende resquebrajado
y multiplicado por la dislocación. Refleja
también, una atmósfera que camina entre
lo sórdido y un buceo hacia los deseos
más recónditos, allá donde se une el
placer puro con el placer de la posesión.
Recuerdo que cuando contemplé esta película,
yo era un adolescente curioso, y toda
aquella aglomeración de sexo por el
sexo se centró en mi, haciéndome dudar
hasta de mi propio nombre. Hoy en día,
en mi madurez, comprendo tales secuencias,
admiro la maestría de su director y
recomiendo verla con tranquilidad, y
esa paz que da el estar contemplando
el sentimiento humano.
Siempre que veo una película me exijo
a mi mismo que, reúna los ingredientes
básicos para tenerme fuertemente atado
a la butaca: director, actores, argumento.
etc. pero salvo contadas ocasiones,
existe una basura increíble, tanta que
a veces apesta.....El publico de hoy
en día, creo que solo va al cine por
llenar un hueco de su vida, por ocupar
unas horas, por ver un desnudo de esta
o aquella actriz, o los glúteos de ese
actor famoso.....Y es lamentable, porque
el cine es mucho mas que un simple envoltorio
o unas imágenes para nuestra colección
mental, el cine puede enseñarnos a amarnos,
a comprender sentimientos humanos, a
saborear el trabajo de unos actores,
a sentir como traspasan la pantalla
y hacernos soñar como cuando éramos
adolescentes y sentíamos el miembro
erecto en la oscuridad de aquellos cines
de los años sesenta, donde trabajaba
mas la mano que la vista, haciéndonos
soñar con esos iconos de nombres imborrables.
El cine, no me cabe la menor duda, es
el arte que mejor refleja los sentimientos
que navegan por nuestro cuerpo, él nos
lo ofrece libre, mientras desgraciadamente
en aquellos años de censura nos lo ocultaban
de forma antinatural, creo afortunadamente
que todo aquello el viento se lo llevó
para siempre.
Franco Zeffirelli y Luchino Visconti...
Dos Grandes del cine.

El cine italiano ha sido siempre mi
ojo derecho, he amado todo el comienzo
del neorrealismo, sus directores, actores
y actrices que han motivado que me sienta
atraído por todo lo que nos viene procedente
de Italia, me he bañado en las imágenes
de unas vidas hecha jirones, como las
que el maestro Fellini dibujaba con
pincel de fuego, he sucumbido a los
encantos de la mujer italiana recorriendo
las empedradas calles de cualquier lugar
del viejo Nápoles, me he emocionado
con las miserias de "Las noches
de Cabiria", e interiormente me
sentía participe del grupo que recorría
la noche romana en aquella comedia satírica
que era "Boccaccio 70", envidiando
a veces a la propia Anita Ekberg en
su mítico baño en la Fontana di Trevi
y hurgando en mis sentimientos como
uno mas de los cuatro hermanos en busca
de la tierra prometida, en ese esplendido
film del maestro Visconti que es "Rocco
y sus hermanos". No podría detallar
todos y cada uno de los films que compusieron
aquel brillante neorrealismo, solo puedo
sentir un amor inmenso hacia él y admirar
como un loco la labor de dirección de
los hombres mas brillantes que ha dado
la cinematografía italiana.
Uno de los más importantes directores
en la historia del cine italiano fue
sin lugar a dudas Luchino Visconti,
cineasta abiertamente bisexual y uno
de los fundadores del Neorrealismo que
más tarde evolucionaría hacia un cine
más personal en el que era frecuente
la presencia de personajes homosexuales.
Ya en su primer trabajo eran frecuentes
sus tintes gays, fue "Obsesión",
en la que presentaba la intensa amistad
entre dos de los personajes principales
como una relación amorosa. Otros títulos
del maestro con elementos homosexuales
fueron "Rocco y sus hermanos",
o la más explícita de todas y uno de
los films que mas impresión me causó
en todos los aspectos como "La
caída de los dioses", en la que
hizo una impagable reconstrucción de
la noche de los cuchillos largos, mezclando
la historia de una saga familiar de
claros tintes freudianos. Pero quizá
su película más emblemática, por la
que se vertieron las mejores tintas,
ensalzando una obra que ha pasado a
la historia como obra maestra absoluta,
fue "Muerte en Venecia", adaptación
libre para el cine de la magnifica novela
de Thomas Mann, en la que un compositor
de música clásica, tal vez inspirado
en el propio Gustav Mahler e interpretado
por un Dirk Bogarde en su mejor momento
artístico y personal, haciendo una recreación
antológica, difícil de igualar, donde
su obsesión por la búsqueda de la belleza
perfecta, le lleva a volcar todos sus
sentimientos en la figura simbólica
de un joven italiano, encontrándola
al final de la película, en una de las
secuencias mas bellas que yo he visto
jamás: La figura del jóven, en la orilla
de la playa del Lido, señalando en lugar
a donde irá la búsqueda que pondrá final
a la vida del viejo músico.
Las relaciones homosexuales también
fueron un determinante en el cine de
Pier Paolo Pasolini, quien la utilizó
mas de forma política y la presentó
como contrapunto a una forma de vida,
a unos códigos establecidos en el centro
de la vida burguesa. De esa forma realizó
su película "Teorema", en
la que todos los miembros de una misma
familia se enamoran del personaje interpretado
por Terence Stamp, como una historia
religiosa, el dios que se precipita
de golpe ante una familia burguesa;
bello, joven, fascinante, ángel y a
la vez demonio. En su Trilogía, compuesta
por "El Decamerón, Los cuentos
de Canterbury y Las mil y una noches,"
adaptó textos clásicos dejando de lado
la política explícita para mostrar el
fascismo, la dominación y los deseos
mas escondidos por medio del erotismo.
En su último film, uno de los mas polémicos
de cuantos realizó: "Saló o los
120 días de Sodoma", fue estrenado
dos semanas antes de su muerte, y en
él fusionó la Italia fascista de Mussolini
con la filosofía de vida del Marqués
de Sade, mostrando con gran crudeza
escenas de violación, humillación sexual
y tortura, no fué precisamente un testamento
brillante el que dejó Pasolini con esta
película, pues hay momentos en el film
que traspasan la barrera del sentimiento,
transformándolo en una antesala del
propio infierno, donde la felicidad
o el gozo, lo mezcla de manera brutal,
no dejando espacio para el ser humano.
En "Salo o los 120 días de Sodoma",
todo gira en torno al lamento desesperado
de un hombre, que tal vez pretendía
con ello redimir su propia existencia.
A pesar de ello, la maestría y profesionalidad
del director italiano está siempre presente
en todo el film, aunque éste derrame
demasiadas lagrimas de sangre.
MUERTE EN VENECIA Y LA CAÍDA
DE LOS DIOSES
"Películas de culto"

Si Visconti y Pasolini hicieron de
la homosexualidad una parte importante
en su trabajo, otros directores gays
como Franco Zeffirelli o Bernardo Bertolucci
hicieron mención a ella, pero de forma
menos frecuente o tal vez mas sutil.
De toda la filmografía de Bertolucci,
su película más abiertamente homosexual
fue "El conformista", en la
que durante la dictadura de Mussolini,
un hombre gay reniega de su sexualidad
casándose con una mujer, afiliándose
al partido fascista y de esa forma intentar
parecer heterosexual. También ambientada
en el mismo periodo existen muchos films
realizados por profesionales italianos,
donde la critica social da paso al neorrealismo,
pero de forma menos directa, aunque
no por ello menos interesante. A mi
particularmente siempre que recuerdo
a Sofía Loren, la asocio a dos films
emblemáticos y característicos, uno
es por supuesto "Matrimonio a la
italiana" y el otro el film de
Ettore Scola "Una jornada particular",
en este último la influencia de los
grandes maestros como De Sica, Visconti
y Pasolini esta siempre presente en
toda la película, y también hace referencia
a la homosexualidad en la historia que
cuenta: Narra la amistad entre Sofía
Loren, casada con un miembro del partido
fascista fanático y autoritario, y un
homosexual interpretado de manera impecable
por Marcello Mastroianni, que representa
todo lo contrario a su marido. Jamás
ví a una Sofía tan verdadera, ni a un
Mastroianni tan autentico, ambos parten
la pantalla en dos y dan una autentica
lección de como debe ser una excelente
interpretación, aunque estén castigados
a ser los supervivientes de una simple
jornada particular.
Debo mucho al cine, él siempre me indicó
el camino a TARA, siempre me hace volver
a mis origines, y como si de Escarlata
O´Hara se tratase, busco mis raíces
entre la tierra roja, aunque ahora huelan
y sepan a locales oscuros, a celuloide,
y a palomitas de maíz. Ello me hace
sentirme mejor, y no por ello oculto
mi cabeza tras el ala de una sagaz avestruz.
Sigo explorando los caminos serpenteados
de mi Manderley particular, y aunque
a veces el llanto y la rabia no me deja
seguir, me limpio las lagrimas con las
verdes ojas del camino y me alimento,
aunque mal, de lo que el cine es ahora.
Hay excepciones, en ellas confío, pero
siempre miro con nostalgia el horizonte,
porque sé que como aquellos caminos
serpenteados que me descubrió lo mejor
de Alfred Hitchcock, nunca mas volveré
a verlo.
El cine me da la razón, él siempre será
el amante que nunca miente, sus secuencias
síntesis de palabras, reflejo de caricias,
resultado de búsquedas....Ya va siendo
hora de que el hombre descanse en su
lugar, como el guerrero que amando sus
desamores, vislumbró un buen día como
se erigía su reposo en lo alto de su
Manderley particular.

"En cualquier callejón de una Venecia
nocturna, mientras la cámara recorre
en magistral travelling las figuras
anónimas y los rincones palaciegos cercanos
al canal, una góndola sigue su navegación
majestuosa, mientras las figuras masculinas
ejercen su oficio con el pensamiento
de que aquello es lo mas parecido al
amor. La mano maestra y el ojo sabio
de un Visconti en su mejor momento,
recrea la ciudad como solo él la siente
para su "Muerte en Venecia",
dejando que el celuloide plasme la realidad
de un sentimiento, una forma de vivir,
un trozo hecho añicos, dando entrada
para la eternidad sin él pensarlo, a
una secuencia que muy bien se podría
decir que refleja el destello en un
ojo dorado. Así se creó para siempre:
"TOCADOS POR LAS MANOS DE APOLO"
JUAN S.D.T.
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